silencio mientras Kenobi volvía a hundirse en una pro-
funda meditación. Un rato después, el viejo se movió
y fue evidente que había tomado una decisión impor-
tante.
—Todo esto me recuerda que tengo algo para tí
— afirmó con engañosa indiferencia.
Se puso en pie y se dirigió a un voluminoso cofre,
chapado a la antigua, cuyo contenido comenzó a re-
volver. Extrajo y tiró todo tipo de objetos desconcer-
tantes, que luego devolvió al cofre. Luke reconoció
unos pocos. Como Kenobi estaba evidentemente con-
centrado en algo importante, Luke olvidó inquirir so-
bre tan tentadores objetos.
—Cuando alcanzaras la edad suficiente —dijo Ke-
nobi—, tu padre quería que tuvieras esto... si es que
logro encontrar el maldito chisme. Una vez intenté
dártelo, pero tu tío no me lo permitió. Suponía que
podías extraer de ello algunas ideas delirantes y
que terminarías siguiendo al viejo Obi-wan en una cru-
zada idealista. Verás, Luke, en este punto es donde tu
padre y tu tío Owen disentían. Lars no es un hombre
que permita que el idealismo se interfiera en los nego-
cios, en tanto tu padre opinaba que ni siquiera mere-
cía la pena discutir el asunto. En lo que respecta a
estas cuestiones, su decisión era igual a su manera de
pilotar: instintiva.
Luke asintió. Extrajo los últimos granos de arena
y miró a su alrededor en. busca del único componente
que faltaba colocar en la abierta placa pectoral de
Threepio. Al localizar el módulo de contención, abrió
los cerrojos de recepción de la máquina y se dispuso a
colocarlo en su sitio. Threepio observaba el proceso
y parecía recular perceptiblemente.
Durante un instante que pareció eterno. Luke fijó
la vista en esos fotorreceptores de metal y plástico.
Después dejó decididamente el módulo en el banco de
trabajo y cerró al androide. Threepio guardó silencio.