—El sable de luz de tu padre — respondió Keno-
bi —. En otra época eran de uso común. Y todavía se
emplean, en algunas regiones galácticas.
Luke observó los mandos de la empuñadura y lue-
go tocó experimentalmente el botón de color claro si-
tuado cerca del pomo, brillante como un espejo. Ins-
tantáneamente, el disco emitió un rayo blanquiazul
grueso como su pulgar. Era denso hasta la opacidad y
de poco más de un metro de longitud. No se extinguió
sino que continuó brillante e intenso tanto en el ex-
tremo como junto al disco. Luke descubrió, sorpren-
dido, que no emitía calor, aunque tuvo el buen cuidado
de no tocarlo. Si bien nunca antes había visto uno, sa-
bía lo que un sable de luz podía producir. Podía abrir
un agujero a través de la pared de piedra de la caver-
na de Kenobi... o a través de un ser humano.
—Ésta era el arma obligada de un caballero jedi
— explicó Kenobi —. No es tan incómoda ni aleatoria
como un desintegrador. Para utilizarla se necesitaba
algo más que la visión. Un arma elegante. También era
un símbolo. Cualquiera puede utilizar un desintegra-
dor o un cortafusión, pero emplear
bien
un sable de
luz era la señal distintiva de alguien que se encontraba
un escalón por encima de lo normal. — Recorría la ca-
verna mientras hablaba —. Luke, durante más de mil
generaciones, los caballeros jedi fueron la fuerza más
poderosa y respetada de la galaxia. Actuaron como
guardianes y garantizadores de la paz y la justicia en
la Antigua República.
Como Luke no preguntó qué les había ocurrido,
Kenobi levantó la mirada y descubrió que el joven mi-
raba al vacío, pues poco había comprendido de las
enseñanzas del viejo. Algunos hombres habrían repren-
dido a Luke por no prestar atención. Pero Kenobi no.
Más sensible que la mayoría de ellos, aguardó pacien-
temente hasta que el silencio fue lo bastante marcado
para que Luke volviera a hablar.