En el interior de la casa había arreglado el yeso de la pared y, como nuevo estímulo,
había cambiado el mural, dando así una apariencia distinta a la sala.
Había puesto entusiasmo en su trabajo, una vez empezado. Era algo en qué ocuparse,
algo en lo qué consumir los restos de ira. De ese modo rompía la monotonía de las tareas
diarias; el traslado de los cadáveres, las reparaciones del exterior, los collares de ajo.
En esos días bebía poco; trataba de no probar el whisky durante el día, y de que las
copas nocturnas fueran simplemente para acompañar en los momentos de descanso y no
un suicidio camuflado. Tuvo más apetito y aumentó dos kilos. Hasta durmió por las
noches, profundamente, y sin pesadillas.
Durante un día o dos abrigó la idea de mudarse a un lujoso apartamento de algún
hotel, pero la abandonó al valorar todo el trabajo que sería necesario para acondicionarlo.
No, ya estaba bien en su casa.
Ahora, sentado en el vestíbulo, escuchaba Júpiter, de Mozart, y pensaba sobre cómo y
dónde comenzaría su investigación.
Conocía algunos detalles, pero eran sólo pequeñas señales en un terreno desconocido.
Sin duda alguna, la respuesta residía en otra parte. Quizá en algún hecho familiar, no
valorado debidamente y sin relación aparente con el resto.
¿Pero qué?
Recostado en la silla, con una copa en la mano derecha, observaba el mural.
Era un paisaje canadiense: bosques profundos, estáticos y misteriosos, de sombras
verdes, donde reinaba el profundo silencio de la naturaleza indomable.
Neville clavó pensativamente su mirada en las sombras verdes del mural.
Aquella noche, hacía tiempo, se había desatado una tormenta de arena. El viento había
sacudido la casa, colándose por las rendijas, y hasta por los poros del yeso, cubriendo los
suelos y los muebles con una fina capa de polvo que reposaba sobre la cama y se metía
en los ojos y bajo las uñas.
Neville había pasado media noche despierto, tratando de oír la pesada respiración de
Virginia, pero sólo le llegaba el fragor de la tormenta. Durante un rato, suspendido entre el
sueño y la vigilia, había llegado a sentir como si ruedas gigantescas trituraran la casa y
unas terribles superficies abrasivas corroyeran su esqueleto.
No llegaba a acostumbrarse a las tormentas de arena, no soportaba aquel sonido
sibilante de los torbellinos. Cuando empezaban, apenas podía dormir, y al día siguiente
iba a la fábrica con un gran cansancio en el cuerpo y en la mente.
Y ahora, además, la preocupación por Virginia.
A las cuatro de la mañana se desveló y advirtió que la tormenta había cesado. El
sonido del silencio le silbaba en los oídos.
Mientras se movía para acomodarse el retorcido pijama, se dio cuenta de que Virginia
estaba despierta. Acostada boca arriba, miraba el cielo raso.
—¿Qué te pasa? —le preguntó somnoliento.
Virginia no contestó.
—Querida...
La mujer se volvió hacia él.
—Nada —dijo—, duerme.
—¿Cómo te encuentras?
—Igual.
—Oh.
Neville la miró un rato.
—Bueno —dijo al fin, y dándose vuelta trató de dormir.
El despertador sonó a las seis y media. Casi siempre lo apagaba Virginia, y en algunas
ocasiones Neville, estirando el brazo por encima del cuerpo inmóvil de su mujer. Virginia
seguía boca arriba, mirando al techo.
—¿Qué te pasa? —preguntó Neville preocupado. Virginia lo miró y sacudió la cabeza.