Se levantó y se encaminó hacia el bar. Pero, mientras se servía una copa, retiró
bruscamente la botella. No, no pensaba ir a ciegas hasta que la vejez o un accidente
terminaran con él. Encontraría la respuesta o lo dejaría todo, incluso la vida.
Miró el reloj. Las diez y veinte de la mafíana. Tenía tiempo. Fue resueltamente hasta el
pasillo y consultó la guía telefónica. Había un lugar en Inglewood.
Cuatro horas más tarde levantaba la cabeza de la mesa de trabajo, con el cuello
agarrotado. Miró el líquido en la aguja hipodérmica: sulfuro de alilo. Por primera vez sentía
que desde el principio de su forzado aislamiento había conseguido algo.
Excitado, corrió al coche y fue más allá del área ya limpia y señalada con tiza. Era
probable que algunos nuevos vampiros se hubieran ocultado allí. Pero no tenía tiempo
para buscarlos.
Acercó el coche a la acera, entró en una casa y se dirigió al dormitorio. Una mujer
joven yacía en la cama, con un hilo de sangre en la boca.
Neville volvió de espaldas a la mujer y le levantó el camisón para inyectarle el sulfuro
de alilo. Luego la volvió otra vez y dio un paso atrás. Durante media hora se quedó allí,
mirándola.
No ocurrió nada.
Nada de esto tiene sentido, argüyó mentalmente. Si cuelgo ajos alrededor de la casa,
los vampiros no se acercan. Y el ajo caracteriza por ese aceite que le he inyectado. Y sin
embargo no ha pasado nada. ¡Maldita sea, no ha pasado nada!
Tiró la jeringa al suelo y temblando de rabia y frustración volvió a su refugio. Antes de
que empezara a oscurecer instaló un armazón de madera en el césped y colgó allí unas
ristras de cebollas. Pasó la noche desvelado.
Por la mañana fue a mirar el armazón de madera.
Otro símbolo: la cruz. Tenía una dorada en la mano que brillaba a la luz de la mañana.
Esto también alejaba a los vampiros.
¿Por qué? ¿Tenía que existir una respuesta lógica, algo que pudiera aceptar sin caer
en la superstición?
Solo podía saberlo de un modo.
Sacó a la mujer de la cama, sin reparar en que siempre experimentaba con mujeres.
No le preocupaba admitir que la observación fuese válida. Era el primer vampiro con que
había tropezado, nada más. Es cierto que había un hombre en el vestíbulo, pero no iba a
violar a la mujer. Aunque a veces se sorprendía a sí mismo. La conciencia de otro tiempo
se había transformado en una molesta compañía.
La llevó a su casa, y durante la tarde no estuvo con ella. Estuvo en el garaje revisando
la camioneta.
Por fin llegó la misericordiosa noche. Neville cerró el garaje, entró en la casa y atrancó
la puerta. Luego se sirvió una copa y se sentó en el sillón, frente a la mujer.
Del techo, justo sobre su cara, pendía una cruz.
Hacia las seis y media la mujer abrió los ojos, de pronto, como el que despierta con una
obligación determinada y no entra en vigilia perezosamente, sino con movimientos claros
y precisos.
Tan pronto como vio la cruz, apartó los ojos, con un ronco jadeo, agitándose en la silla.
—¿Por qué le asusta? —preguntó Neville, sobresaltándose ante el sonido de su propia
voz.
La mujer miró a Neville. Le brillaron los ojos y la lengua lamió los labios como si no
formara parte de la boca. El cuerpo se le contraía tratando de acercarse a él. Profirió un
gruñido gutural. Parece un perro cuando defiende su hueso, pensó Neville
estremeciéndose.
—La cruz —preguntó nerviosamente—. ¿Por qué le tiene miedo?