Las delgadas paredes de los capilares permitían que el plasma sanguíneo penetrara en
los tejidos junto con los glóbulos rojos y blancos. Estos elementos retornaban
eventualmente al sistema circulatorio a través de los vasos linfáticos, llevados por el claro
líquido llamado linfa.
Durante el camino de vuelta, la linfa atravesaba nódulos linfáticos que interrumpían el
paso de la corriente y filtraban las partículas de desecho, evitando que pasaran al caudal
sanguíneo.
Bien.
Había dos cosas que activaban el sistema linfático: 1º, la respiración: el diafragma
comprimía el abdomen, haciendo subir la sangre y la linfa; 2º, el movimiento físico: los
músculos comprimían los vasos linfáticos, haciendo circular la linfa. Un complejo sistema
de válvulas impedía el retroceso de la corriente.
Pero los vampiros no respiraban; por lo menos los muertos. Eso podía significar que la
mitad de la corriente linfática había quedado interrumpida. Y algo más: que una cantidad
importante de productos de desecho no quedaban liberados en el sistema linfático del
vampiro.
A Neville le venía a la memoria el olor fétido de aquellos seres.
Siguió leyendo.
«Las bacterias pasan a la corriente sanguínea, donde... los glóbulos blancos
desempeñan un papel importante en la defensa contra las bacterias... La luz solar mata
muchos gérmenes y... algunas enfermedades humanas pueden ser transmitidas por
moscas, mosquitos... Y allí, estimulados por el ataque de las bacterias, los productores de
fagocitos introducen nuevos corpúsculos en la corriente sanguínea...».
Neville dejó el libro sobre sus rodillas. Le resbaló por las piernas y cayó en la alfombra.
Siempre parecía existir relación entre las bacterias y las enfermedades de la sangre.
Sin embargo, aún se burlaba de los que habían muerto denunciando los gérmenes y
rechazando a los vampiros.
Se levantó para prepararse una copa. Pero, de pie ante el bar, se quedó mirando
fijamente la pared, mientras golpeaba con el puño la tabla del bar, lenta y rítmicamente.
Gérmenes.
Hizo una mueca. Bueno, en nombre de Dios, se dijo desanimado, el peligro no reside
en las palabras.
Respiró hondo. Bien, se dirigió a sí mismo, ¿hay algo que se oponga a los gérmenes?
Se alejó del bar como si dejara el problema allí. Fue a la cocina y se sentó mirando la
cafetera humeante. Gérmenes. Bacterias. Virus, Vampiros. ¿Por qué me niego? pensó.
¿Es sólo una terquedad reaccionaria, o quizás es que la tarea excede mis límites?
No sabría decirlo. Podría intentar un nuevo camino: el del compromiso. Una teoría no
era necesariamente contraria a la otra.
Las bacterias podían explicar la existencia de los vampiros.
Y de pronto todo pareció aclararse.
Era como si se tratara de aquel niño holandés que tapando con el dedo el agujero del
dique, impide que entre el mar de la razón. Allí se había quedado, en cuclillas, y
satisfecho. Ahora se había incorporado, destapando el agujero. Y un mar de respuestas
entraba en él.
La plaga se había extendido tan aprisa que se preguntaba si hubiese sido posible con
la sola acción de los vampiros.
Se sintió hundido por la evidencia de la respuesta. Sólo las bacterias podían explicar la
progresiva rapidez de la plaga, el aumento geométrico de las víctimas.
Apartó la taza de café, tenía el cerebro ocupado en una docena de ideas diferentes.
Las moscas y mosquitos también eran responsables. Extendiendo la enfermedad y
haciéndola correr por el mundo.