—¡Pernath! ¿Es usted? ¡Por Dios, apague esa luz! La voz me pareció conocida, pero
no era en absoluto la del cambalachero Wassertrum.
Apagué automáticamente la vela.
La habitación estaba en penumbras —pálidamente iluminada por el tenue resplandor
que entraba por el hueco de la ventana—, igual que la mía, y tuve que esforzar al máximo
mis ojos hasta poder reconocer en el rostro demacrado y tísico, que de repente surgió del
abrigo, los rasgos del estudiante Charousek.
Me vino a la boca «¡El monje!» y de golpe comprendí la visión que tuve ayer en la
catedral. ¡Charousek, ése era el hombre al que debía dirigirme!, y oí de nuevo las
palabras que me dirigiera aquel día de lluvia bajo el arco. «Aaron Wassertrum se enterará
de que se puede pinchar a través de las paredes con agujas invisibles y envenenadas.
¡Será precisamente el día en que intente estrangular al Dr. Savioli!»
¿Tenía en Charousek un aliado? ¿Sabía él también lo que había ocurrido? Su
presencia aquí en una hora tan extraña permitía suponerlo, pero temía plantearle la
cuestión directamente.
Había corrido hacia la ventana y observaba la calleja entre las cortinas.
Me di cuenta de que temía que Wassertrum hubiera notado la claridad de mi vela.
—Usted, maestro Pernath, pensará seguro que soy un ladrón, puesto que estoy
rebuscando aquí, de noche, en una casa que no es mía —comenzó a decir tras un largo
silencio con voz insegura—, pero yo le juro...
Lo interrumpí inmediatamente y lo tranquilicé.
Para demostrar que no ocultaba en absoluto ninguna desconfianza hacia él, sino que
más bien lo veía como un aliado, le conté, con pequeñas reservas que consideraba
necesarias, el motivo que me traía al estudio: temía que una mujer, muy próxima a mí,
estuviese en peligro de convertirse de algún modo en víctima de los manejos chantajistas
del cambalachero.
De la forma cortés con que me escuchaba, sin interrumpirme con sus preguntas,
deduje que conocía gran parte del asunto, aunque quizás no sabía todos los detalles.
—¡Es cierto! —dijo pensativo cuando acabé—. Por lo tanto; ¡no me he equivocado! El
individuo quiere asesinar a Savioli, pero por lo visto todavía no ha reunido material
suficiente. ¿Por qué, si no, iba a estar merodeando continuamente por aquí? Pues ayer
iba yo, digamos «casualmente», por la calleja Hahnpass —dijo él al notar mi gesto
inquisitivo— y de repente me llamó la atención que Wassertrum paseara, al parecer
despreocupado, de arriba a abajo, por delante del portalón, pero cuando creyó que nadie
lo observaba entró rápidamente en la casa. Inmediatamente lo seguí e hice como si
quisiera visitarlo a usted, es decir, llamé a su puerta, y al hacerlo lo sorprendí
manipulando con una llave en la cerradura de la puerta de hierro. Naturalmente en el
momento que yo llegué lo dejó y, como precaución, llamó también a su puerta. Al parecer
usted no estaba en casa, pues nadie abrió.
Después de preguntar cuidadosamente en el barrio judío, me enteré de que alguien,
que por las descripciones podía ser el Dr. Savioli, tenía aquí, a escondidas, un estudio.
Puesto que el Dr. Savioli está gravemente enfermo, recompuse yo el resto del hecho.
Mire usted, esto lo he reunido yo rebuscando entre los cajones para adelantarme en
cualquier caso a Wassertrum —añadió Charousek señalando un paquete de cartas sobre
la escribanía—. Es todo lo que he podido encontrar escrito. Espero que no haya nada
más. Por lo menos he revuelto y buscado en todos los armarios y baúles, lo mejor que
pude en la oscuridad.
Mis ojos observaban con atención la habitación mientras él hablaba e
involuntariamente se quedaron fijos en una trampilla. Entonces me acordé borrosamente
de que Zwakh me había hablado en una ocasión acerca de un acceso que conducía al
estudio.