¡Una, dos, tres! Gracias a Dios, unas pocas horas y amanecería. Seguía sonando:
¿cuatro? ¿cinco? El sudor me cubrió la frente. ¡Seis!... siete... eran las once.
Sólo había pasado una hora desde que oyera el reloj por última vez.
Poco a poco se fueron ordenando mis pensamientos.
Wassertrüm me había pasado el reloj del desaparecido Zottmann para hacerme
sospechoso de haber cometido un asesinato. Por lo tanto debía ser él mismo el asesino;
si no, ¿cómo podía haber llegado el reloj a sus manos? Si se hubiera encontrado el
cadáver en alguna parte y lo hubiera robado entonces habría ido a buscar los mil gulden
de recompensa que ofrecían por encontrar al desaparecido. Pero eso no podía ser:
todavía estaban los anuncios en las calles, como acababa de ver claramente durante todo
el trayecto hasta la cárcel.
Estaba claro que el cambalachero me había denunciado.
Y también que ocultaba al comisario por lo menos todo lo referente a Angelina. Si no,
¿a qué venía todo el interrogatorio sobre Savioli?
Por otra parte, de eso se deducía que Wassertrüm no tenía todavía la carta de
Angelina en las manos.
Recapacité.
De golpe todo apareció con una espantosa claridad ante mis ojos, como si hubiese
estado presente.
Sí, sólo así podía ser: Wassertrüm se había llevado ocultamente la cajita de hierro en la
que creía estaban las pruebas, precisamente cuando revolvía con sus cómplices, los
policías, en mi habitación, pero no la podía abrir en seguida puesto que yo llevaba la llave
conmigo y quizá estuviese, precisamente ahora, forzándola en su agujero.
Con loca desesperación agité los barrotes, viendo a Wassertrüm ante mí revolver entre
las cartas de Angelina.
¡Si por lo menos pudiera avisar a Charousek para que fuera a advertir a tiempo a
Savioli!
Durante un momento me agarré a la esperanza de que la noticia de mi captura hubiese
corrido como un reguero de pólvora por todo el barrio judío y confiaba en Charousek
como en un ángel salvador. El cambalachero no podía hacer nada contra su infernal
ingenio. «Lo tendré agarrado por el gaznate, precisamente en el momento en que intente
arrojarse sobre el cuello del Dr. Savioli», había dicho Charousek una vez.
Al minuto siguiente rechazaba todo esto y de nuevo me dominaba un miedo salvaje: ¿Y
si Charousek llegaba tarde?
Entonces Angelina estaba perdida.
Me mordía los labios hasta hacerme sangre y me arañaba el pecho, arrepentido de no
haber quemado entonces las cartas inmediatamente: me juré a mí mismo suprimir a
Wassertrüm de este mundo el mismo momento en que me dejaran libre.
¿Qué más me daba? ¡Suicidarme o morir en la horca!
No dudé ni un momento de que el juez de instrucción creería en mis palabras si le
narraba la historia del reloj de una forma plausible y le contaba las amenazas de
Wassertrum.
Seguramente mañana mismo estaría ya libre: por lo menos la Corte haría encarcelar
también a Wassertrum bajo sospecha de homicidio.
Contaba las horas y rezaba porque pasasen más de prisa; miraba afuera el aire
negruzco.
Después de un tiempo inenarrablemente largo comenzó a aclarar y, al principio como
una mancha oscura y después cada vez más claro, apareció un enorme rostro de cobre
entre la tiniebla: el cuadrante del viejo reloj de una torre. Pero faltábanlas agujas —un
nuevo suplicio.
Después dieron las cinco.