ye. Aquí se ha adoptado como
terminus technicus
castellano para traducir
Untergehen
el de «hundirse en su
ocaso», que parece conservar los tres sentidos. De todas maneras, Nietzsche juega en innumerables ocasio-
nes con esta palabra alemana compuesta y la contrapone a otras palabras asimismo compuestas. Por ejem-
plo, contrapone y une
Un tergangy Ubergang. Überganges
«pasar al otro lado» por encima de algo, pero
también significa «transición». El hombre, dirá Zaratustra, es «un tránsito y un ocaso». Esto es, al hundirse
en su ocaso, como el sol, pasa al otro lado (de la tierra, se entiende, según la vieja creencia). Y «pasar al
otro lado» es superarse a sí mismo y llegar al superhombre.
6
Esta misma frase se repite luego
.
El «ocaso» de Zaratustra termina hacia el final de la tercera parte, en
el capítulo titulado
El convaleciente,
donde se dice: «Así -
acaba
el ocaso de Zaratustra».
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Zaratustra bajó solo de las montañas sin encontrar a nadie. Pero cuando llegó a los bos-
ques surgió de pronto ante él un anciano que había abandonado su santa choza para bus-
car raíces en el bosque
7
. Y el anciano habló así a Zaratustra:
No me es desconocido este caminante: hace algunos años pasó por aquí. Zaratustra se
llamaba; pero se ha transformado. Entonces llevabas tu ceniza a la montaña
8
: ¿quieres
hoy llevar tu fuego a los valles? ¿No temes los castigos que se imponen al incendiario?
Sí, reconozco a Zaratustra. Puro es su ojo, y en su boca no se oculta náusea alguna
9
.
¿No viene hacia acá como un bailarín?
Zaratustra está transformado, Zaratustra se ha convertido en un niño, Zaratustra es un
despierto
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: ¿qué quieres hacer ahora entre los que duermen?
En la soledad vivías como en el mar, y el mar te llevaba. Ay, ¿quieres bajar a tierra?
Ay, ¿quieres volver a arrastrar tú mismo tu cuerpo?
Zaratustra respondió: «Yo amo a los hombres.»
¿Por qué, dijo el santo, me marché yo al bosque y a las soledades? ¿No fue acaso por-
que amaba demasiado a los hombres?
Ahora amo a Dios: a los hombres no los amo. El hombre es para mí una cosa demasia-
do imperfecta. El amor al hombre me mataría.
Zaratustra respondió: «¡Qué dije amor! Lo que yo llevo a los hombres es un regalo.»
No les des nada, dijo el santo. Es mejor que les quites alguna cosa y que la lleves a
cuestas junto con ellos - eso será lo que más bien les hará: ¡con tal de que te haga bien a
ti!
¡Y si quieres darles algo, no les des más que una limosna, y deja que además la mendi-
guen!
«No, respondió Zaratustra, yo no doy limosnas. No soy bastante pobre para eso.»
El santo se rió de Zaratustra y dijo: ¡Entonces cuida de que acepten tus tesoros! Ellos
desconfían de los eremitas y no creen que vayamos para hacer regalos.
Nuestros pasos les suenan demasiado solitarios por sus callejas. Y cuando por las no-
ches, estando en sus camas, oyen caminar a un hombre mucho antes de que el sol salga,
se preguntan: ¿adónde irá el ladrón?
11
.
¡No vayas a los hombres y quédate en el bosque! ¡Es mejor que vayas incluso a los
animales! ¿Por qué no quieres ser tú, como yo, - un oso entre los osos, un pájaro entre los
pájaros?
«¿Y qué hace el santo en el bosque?», preguntó Zaratustra. El santo respondió: Hago
canciones y las canto; y, al hacerlas, río, lloro y gruño: así alabo a Dios.
Cantando, llorando, riendo y gruñendo alabo al Dios que es mi Dios. Mas ¿qué regalo
es el que tú nos traes?
Cuando Zaratustra hubo oído estas palabras saludó al santo y dijo: «¡Qué podría yo da-
ros a vosotros! ¡Pero déjame irme aprisa, para que no os quite nada!» -Y así se separaron,
el anciano y el hombre, riendo como ríen dos muchachos.