Diez veces tienes que superarte a ti mismo durante el día: esto produce una fatiga buena
y es adormidera del alma. Diez veces tienes que volver a reconciliarte a ti contigo mismo;
pues la superación es amargura, y mal duerme el que no se ha reconciliado.
Diez verdades tienes que encontrar durante el día: de otro modo, sigues buscando la
verdad durante la noche, y tu alma ha quedado hambrienta.
Diez veces tienes que reír durante el día, y regocijarte: de lo contrario, el estómago, ese
padre de la tribulación, te molesta en la noche.
Pocos saben esto: pero es necesario tener todas las virtudes para dormir bien. ¿Diré yo
falso testimonio? ¿Cometeré yo adulterio?
¿Me dejaré llevar a desear la sierva de mi prójimo
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. Todo esto se avendría mal con el
buen dormir.
Y aunque se tengan todas las virtudes, es necesario entender aún de
una cosa:
de man-
dar a dormir a tiempo a las virtudes mismas.
¡Para que no disputen entre sí esas lindas mujercitas! ¡Y sobre ti, desventurado!
Paz con Dios
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y con el vecino: así lo quiere el buen dormir. ¡Y paz incluso con el de-
monio del vecino! De lo contrario, rondará en tu casa por la noche.
¡Honor y obediencia a la autoridad, incluso a la autoridad torcida!
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¡Así lo quiere el
buen dormir! ¿Qué puedo yo hacer si al poder le gusta caminar sobre piernas torcidas?
Para mí el mejor pastor será siempre aquel que lleva sus ovejas al prado más verde
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es-
to se aviene con el buen dormir.
No quiero muchos honores, ni grandes tesoros: eso inflama el bazo. Pero se duerme mal
sin un buen nombre y un pequeño tesoro.
Una compañía escasa me agrada más que una malvada: sin embargo, tiene que venir e
irse en el momento oportuno. Esto se aviene con el buen dormir.
Mucho me agradan también los pobres de espíritu: fomentan el sueño. Son bienaventu-
rados, especialmente si se les da siempre la razón
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.
Así transcurre el día para el virtuoso. ¡Mas cuando la noche llega me guardo bien de
llamar al dormir! ¡El dormir, que es el señor de las virtudes, no quiere que lo llamen!
Sino que pienso en lo que yo he hecho y he pensado durante el día. Rumiando me inte-
rrogo a mí mismo, paciente igual que una vaca: ¿cuáles han sido, pues, tus diez supera-
ciones?
¿Y cuáles han sido las diez reconciliaciones, y las diez verdades, y las diez carcajadas
con que mi corazón se hizo bien a sí mismo?
Reflexionando sobre estas cosas, y mecido por cuarenta pensamientos, de repente me
asalta el dormir, el no llamado, el señor de las virtudes.
El dormir llama a la puerta de mis ojos: éstos se vuelven entonces pesados. El dormir
toca mi boca: ésta queda entonces abierta.
En verdad, con suave calzado viene a mí él, el más encantador de los ladrones, y me
roba mis pensamientos: entonces yo me quedo en pie como un tonto, igual que esta cáte-
dra.
Pero no estoy así durante mucho tiempo: en seguida me acuesto. -
Mientras Zaratustra oía hablar así a aquel sabio se reía en su corazón: pues una luz
había aparecido entretanto en su horizonte. Y habló así a su corazón:
Un necio es para mí este sabio con sus cuarenta pensamientos: pero yo creo que entien-
de bien de dormir.
¡Feliz quien habite en la cercanía de este sabio! Semejante dormir se contagia, aun a
través de un espeso muro se contagia. Un hechizo mora también en su cátedra. Y no en
vano se han sentado los jóvenes ante el predicador de la virtud.