Sufrimiento sería ahora para mí, y tormento para el curado, creer en tales fantasmas: su-
frimiento sería ahora para mí, y humillación. Así hablo yo a los trasmundanos.
Sufrimiento fue, e impotencia, - lo que creó todos los trasmundos; y aquella breve de-
mencia de la felicidad que sólo experimenta el que más sufre de todos.
Fatiga, que de
un solo
salto quiere llegar al final, de un salto mortal, una pobre fatiga
ignorante, que ya no quiere ni querer: ella fue la que creó todos los dioses y todos los
trasmundos.
¡Creedme, hermanos míos! Fue el cuerpo el que desesperó del cuerpo, - con los dedos
del espíritu trastornado palpaba las últimas paredes.
¡Creedme, hermanos míos! Fue el cuerpo el que desesperó de la tierra, - oyó que el
vientre del ser le hablaba.
Y entonces quiso meter la cabeza a través de las últimas paredes, y no sólo la cabeza
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,
- quiso pasar a «aquel mundo». Pero «aquel mundo» está bien oculto a los ojos del hom-
bre, aquel inhumano mundo deshumanizado, que es una nada celeste; y el vientre del ser
no habla en modo alguno al hombre, a no ser en forma de hombre.
En verdad, todo «ser» es difícil de demostrar, y difícil resulta hacerlo hablar. Decidme,
hermanos míos, ¿no es acaso la más extravagante de todas las cosas la mejor demostrada?
Sí, este yo y la contradicción y confusión del yo continúan hablando acerca de su ser
del modo más honesto, este yo que crea, que quiere, que valora, y que es la medida y el
valor de las cosas.
Y este ser honestísimo, el yo - habla del cuerpo, y continúa queriendo el cuerpo, aun
cuando poetice y fantasee y revolotee de un lado para otro con rotas alas.
El yo aprende a hablar con mayor honestidad cada vez: y cuanto más aprende, tantas
más palabras y honores encuentra para el cuerpo y la tierra.
Mi yo me ha enseñado un nuevo orgullo, y yo se lo enseño a los hombres: ¡a dejar de
esconder la cabeza en la arena de las cosas celestes, y a llevarla libremente, una cabeza
terrena, la cual es la que crea el sentido de la tierra!
Una nueva voluntad enseño yo a los hombres: ¡querer ese camino que el hombre ha re-
corrido a ciegas, y llamarlo bueno y no volver a salirse a hurtadillas de él, como hacen los
enfermos y moribundos!
Enfermos y moribundos eran los que despreciaron el cuerpo y la tierra y los que inven-
taron las cosas celestes y las gotas de sangre redentoras
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: ¡pero incluso estos dulces y
sombríos venenos los tomaron del cuerpo y de la tierra!
De su miseria querían escapar, y las estrellas les parecían demasiado lejanas. Entonces
suspiraron: «¡Oh, si hubiese caminos celestes para deslizarse furtivamente en otro ser y
en otra felicidad!» - ¡entonces se inventaron sus caminos furtivos y sus pequeños brebajes
de sangre!
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.
Entonces estos ingratos se imaginaron estar sustraídos a su cuerpo y a esta tierra. Sin
embargo, ¿a quién debían las convulsiones y delicias de su éxtasis? A su cuerpo y a esta
tierra.
Indulgente es Zaratustra con los enfermos. En verdad, no se enoja con sus especies de
consuelo y de ingratitud. ¡Que se transformen en convalecientes y en superadores, y que
se creen un cuerpo superior!
Tampoco se enoja Zaratustra con el convaleciente si éste mira con delicadeza hacia su
ilusión y a medianoche se desliza furtivamente en torno a la tumba de su dios: mas en-
fermedad y cuerpo enfermo continúan siendo para mí también sus lágrimas.
Mucho pueblo enfermo ha habido siempre entre quienes poetizan y tienen la manía de
los dioses; odian con furia al hombre del conocimiento y a aquella virtud, la más joven de
todas, que se llama: honestidad.