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Von den Freudenschaften und Leidenschaften.
Por analogía con
Leidenschaft
(pasión), Nietzsche crea
aquí la palabra
Freudenschaft,
derivándola de
Freude
(alegría). Con ello subraya el elemento
Leiden
(su-
frimiento) del término
Leidenschaft.
«Pasión» implica aquí, pues, simultáneamente dos significados: pasión
(como movimiento afectivo) y padecimiento.
Del pálido delincuente
Vosotros, jueces y sacrificadores, no queréis matar hasta que el animal haya inclinado
la cabeza? Mirad, el pálido delincuente ha inclinado la cabeza: en sus ojos habla el gran
desprecio.
«Mi yo es algo que debe ser superado: mi yo es para mí el gran desprecio del hombre»:
así dicen esos ojos.
El haberse juzgado a sí mismo constituyó su instante supremo: ¡no dejéis que el excelso
recaiga en su bajeza!
No hay redención alguna para quien sufre tanto de sí mismo, excepto la muerte rápida.
Vuestro matar, jueces, debe ser compasión y no venganza. ¡Y mientras matáis, cuidad
de que vosotros mismos justifiquéis la vida!
No basta con que os reconciliéis con aquel a quien matáis. Vuestra tristeza sea amor al
superhombre: ¡así justificáis vuestro seguir viviendo!
«Enemigo» debéis decir, pero no «bellaco»; «enfermo» debéis decir, pero no «bribón»;
«tonto» debéis decir, pero no «pecador».
Y tú, rojo juez, si alguna vez dijeses en voz alta todo lo que has hecho con el pensa-
miento: todo el mundo gritaría: «¡Fuera esa inmundicia y ese gusano venenoso!»
Pero una cosa es el pensamiento, otra la acción, y otra la imagen de la acción. La rueda
del motivo no gira entre ellas. Una imagen puso pálido a ese pálido hombre. Cuando rea-
lizó su acción él estaba a la altura de ella: mas no soportó la imagen de su acción, una vez
cometida ésta.
Desde aquel momento, pues, se vio siempre como autor de
una sola
acción. Demencia
llamo yo a eso: la excepción se invirtió, convirtiéndose para él en la esencia.
La raya trazada sobre el suelo hechiza a la gallina; el golpe dado por el delincuente
hechizó su pobre razón - demencia
después
de la acción llamo yo a eso.
¡Oíd, jueces! Existe todavía otra demencia: la de antes de la acción. ¡Ay, no me habéis
penetrado bastante profundamente en esa alma!
Así habla el rojo juez: «¿por qué este delincuente asesinó? Quería robar». Mas yo os
digo: su alma quería sangre, no robo: ¡él estaba sediento de la felicidad del cuchillo!
Pero su pobre razón no comprendía esa demencia y le persuadió. «¡Qué importa la san-
gre!, dijo; ¿no quieres al menos cometer también un robo? ¿Tomarte una venganza?»
Y él escuchó a su pobre razón: como plomo pesaba el discurso de ella sobre él, - enton-
ces robó, al asesinar. No quería avergonzarse de su demencia.
Y ahora el plomo de su culpa vuelve a pesar sobre él, y de nuevo su pobre razón está
igual de rígida, igual de paralizada, igual de pesada.
Con sólo que pudiera sacudir su cabeza, su peso rodaría al suelo: mas ¿quién sacude esa
cabeza?
¿Qué es ese hombre? Un montón de enfermedades, que a través del espíritu se extien-
den por el mundo: allí quieren hacer su botín.
¿Qué es ese hombre? Una maraña de serpientes salvajes, que rara vez tienen paz entre
sí, - y entonces cada una se va por su lado, buscando botín en el mundo.
¡Mirad ese pobre cuerpo! Lo que él sufría y codiciaba, esa pobre alma lo interpretaba
para sí, - lo interpretaba como placer asesino y como ansia de la felicidad del cuchillo.