Así habló Zaratustra.
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Suele traducirse este título por: «De las mil y una metas.» Como se verá por el desarrollo de todo el
capítulo y sobre todo por los párrafos finales, Nietzsche no se ha querido dejar llevar por la expresión popu-
lar en todos los idiomas: «las mil y una», sino que, como él mismo dice: «Mil metas ha habido hasta ahora,
pues mil pueblos ha habido. Sólo falta la cadena de las mil cervices, falta
la única meta.»
La versión aquí
dada, «De las mil metas y de la
única
meta», se apoya en el hecho de haber escrito Nietzsche:
Von tausend
und Einem Ziele,
en lugar de:
Von tausend und einem Ziele,
como habría escrito si hubiera querido decir:
«De las mil y una metas.»
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Primera aparición de la expresión «voluntad de poder»; a este concepto se le dedicará sobre todo, en la
segunda parte, el capítulo titulado
De la superación de sí mismo.
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Esta divisa del honor de la sociedad aristocrática griega tiene su expresión clásica en el verso 208
del
libro VI de
La Ilíada:
«Siempre ser el mejor y estar por encima de los demás». Idénticas palabras se repiten
en el verso 784
del libro XI, donde aparecen como consejo del anciano Peleo a su hijo Aquiles.
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El pueblo persa. Véase también
Ecce homo:
«Decir la verdad y disparar bien con flechas, ésa es la vir-
tud persa».
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El pueblo judío. Véase
Éxodo,
20,12:
«Honra a tu padre y a tu madre, para que vivas largos años en la
tierra que Yahvé, tu Dios, va a darte».
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El pueblo alemán.
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Nietzsche basa esta afirmación suya en su creencia de que la palabra alemana
Mensch
(hombre) viene
del latín
mensuratio
(medida). Esta misma opinión la aduce también en
La genealogía de la moral.
Del amor al prójimo
Vosotros os apretujáis alrededor del prójimo y tenéis hermosas palabras para expresar
ese vuestro apretujaros. Pero yo os digo: vuestro amor al prójimo es vuestro mal amor a
vosotros mismos.
Cuando huis hacia el prójimo huís de vosotros mismos, y quisierais hacer de eso una
virtud: pero yo penetro vuestro «desinterés».
El tú es más antiguo que el yo; el tú ha sido santificado, pero el yo, todavía no: por eso
corre el hombre hacia el prójimo.
¿Os aconsejo yo el amor al prójimo? ¡Prefiero aconsejaros la huida del prójimo y el
amor al lejano!
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Más elevado que el amor al prójimo es el amor al lejano y al venidero; más elevado que
el amor a los hombres es el amor a las cosas y a los fantasmas.
Ese fantasma que corre delante de ti, hermano mío, es más bello que tú; ¿por qué no le
das tu carne y tus huesos ? Pero tú tienes miedo y corres hacia tu prójimo.
No conseguís soportaros a vosotros mismos y no os amáis bastante: por eso queréis se-
ducir al prójimo a que ame, y doraros a vosotros con su error.
Yo quisiera que no soportaseis a ninguna clase de prójimo ni a sus vecinos; así tendríais
que crear, sacándolo de vosotros mismos, vuestro amigo y su corazón exuberante.
Invitáis a un testigo cuando queréis hablar bien de vosotros mismos; y una vez que lo
habéis seducido a pensar bien de vosotros, también vosotros mismos pensáis bien de vo-
sotros.
No miente tan sólo aquel que habla en contra de lo que sabe, sino ante todo aquel que
habla en contra de lo que no sabe. Y así es como vosotros habláis de vosotros en socie-
dad, y, al mentiros a vosotros, mentís al vecino.
Así habla el necio: «el trato con hombres estropea el carácter, especialmente si no se
tiene ninguno».
El uno va al prójimo porque se busca a sí mismo, y el otro, porque quisiera perderse.
Vuestro mal amor a vosotros mismos es lo que os trueca la soledad en prisión.
Los más lejanos
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son los que pagan vuestro amor al prójimo; y en cuanto os juntáis
cinco, siempre tiene que morir un sexto.