Sea ése el sentido y la verdad de tu matrimonio. Pero lo que llaman matrimonio los de-
masiados, esos superfluos, - ay, ¿cómo lo llamo yo?
¡Ay, esa pobreza de alma entre dos! ¡Ay, esa suciedad de alma entre dos! ¡Ay, ese la-
mentable bienestar entre dos!
116
Matrimonio llaman ellos a todo eso; y dicen que sus matrimonios han sido contraídos
en el cielo.
¡No, a mí no me gusta ese cielo de los superfluos! ¡No, a mí no me gustan esos anima-
les trabados en la red celestial!
¡Permanezca lejos de mí también el dios que se acerca cojeando a bendecir lo que él no
ha unido!
117
¡No me os riáis de tales matrimonios! ¿Qué hijo no tendría motivo para llorar sobre sus
padres?
Digno me parecía a mí ese varón, y maduro para el sentido de la tierra: mas cuando vi a
su mujer, la tierra me pareció una casa de insensatos.
Sí, yo quisiera que la tierra temblase en convulsiones cuando un santo y una gansa se
aparean.
Éste marchó como un héroe a buscar verdades, y acabó trayendo como botín una pe-
queña mentira engalanada
118
. Su matrimonio lo llama.
Aquél era esquivo en sus relaciones con otros, y seleccionaba al elegir. Pero de
una so-
la
vez se estropeó su compañía para siempre: su matrimonio lo llama.
Aquél otro buscaba una criada que tuviese las virtudes de un ángel. Pero de
una sola
vez se convirtió él en criada de una mujer, y ahora sería necesario que, además, se trans-
formase en ángel
119
.
He encontrado que ahora todos los compradores andan con cuidado y que todos tienen
ojos astutos. Pero incluso el más astuto se compra su mujer a ciegas.
Muchas breves tonterías - eso se llama entre vosotros amor. Y vuestro matrimonio pone
fin a muchas breves tonterías en la forma de
una sola y
prolongada estupidez.
Vuestro amor a la mujer, y el amor de la mujer al varón: ¡ay, ojalá fuera compasión por
dioses sufrientes y encubiertos! Pero casi siempre dos animales se adivinan recíproca-
mente.
E incluso vuestro mejor amor no es más que un símbolo extático y un dolorido ardor.
Es una antorcha que debe iluminaros hacia caminos más elevados.
¡Por encima de vosotros mismos debéis amar alguna vez! ¡Por ello,
aprended
primero a
amar! Y para ello tenéis que beber el amargo cáliz de vuestro amor
120
.
Amargura hay en el cáliz incluso del mejor amor: ¡por eso produce anhelo del super-
hombre, por eso te da sed a ti, creador!
Sed para el creador, flecha y anhelo hacia el superhombre: di, hermano mío, ¿es ésta tu
voluntad de matrimonio? Santos son entonces para mí tal voluntad y tal matrimonio. –
Así habló Zaratustra.
114
Véase la nota 54.
115
En la tercera parte,
De tablas viejas y nuevas,
24,
repetirá Zaratustra este consejo con las mismas pa-
labras.
116
Zaratustra aplica ahora al matrimonio el mismo estribillo «pobreza, suciedad y un lamentable bienes-
tar» que antes había aplicado al alma, la felicidad, la razón y la virtud. Véase el
Prólogo de Zaratustra,
3.
117
Antítesis de lo que dice el
Evangelio de Mateo,
19, 6: «..
.
lo que Dios ha unido». El «dios cojo» es
una alusión al dios griego Hefesto, que, como se dice en el párrafo anterior, «traba en una red celestial» a
su esposa Afrodita y a Ares, al sorprenderlos en adulterio.
118
Cita irónica de una conocida frase de Goethe al final de
Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister.
«Saúl, hijo de Quis, salió a buscar las pollinas de su padre y encontró un reino». La frase de Goethe es una
síntesis de lo narrado en la Biblia, capítulos 9 y 10 de
1 Samuel.