al sol una serpiente
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. Zaratustra se alegró del bastón y se apoyó en él; luego habló así a
sus discípulos.
Decidme: ¿cómo llegó el oro a ser el valor supremo? Porque es raro, e inútil, y resplan-
deciente, y suave en su brillo; siempre hace don de sí mismo.
Sólo en cuanto efigie de la virtud más alta llegó el oro a ser el valor supremo. Semejan-
te al oro resplandece la mirada del que hace regalos. Brillo de oro sella paz entre luna y
sol.
Rara es la virtud más alta, e inútil, y resplandeciente, y suave en su brillo: una virtud
que hace regalos es la virtud más alta.
En verdad, yo os adivino, discípulos míos: vosotros aspiráis, como yo, a la virtud que
hace regalos. ¿Qué tendríais vosotros en común con gatos y lobos?
Ésta es vuestra sed, el llegar vosotros mismos a ser ofrendas y regalos: y por ello tenéis
sed de acumular todas las riquezas en vuestra alma.
Insaciable anhela vuestra alma tesoros y joyas, porque vuestra virtud es insaciable en su
voluntad de hacer regalos. Forzáis a todas las cosas a acudir a vosotros y a entrar en vo-
sotros, para que vuelvan a fluir de vuestro manantial como los dones de vuestro amor.
En verdad, semejante amor que hace regalos tiene que convertirse en ladrón de todos
los valores; pero yo llamo sano y sagrado a ese egoísmo
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.
Existe otro egoísmo, demasiado pobre, un egoísmo hambriento que siempre quiere hur-
tar, el egoísmo de los enfermos, el egoísmo enfermo.
Con ojos de ladrón mira ése egoísmo todo lo que brilla; con la avidez del hambre mira
hacia quien tiene de comer en abundancia; y siempre se desliza a hurtadillas en torno a la
mesa de quienes hacen regalos.
Enfermedad habla en tal codicia, y degeneración invisible; desde el cuerpo enfermo
habla la ladrona codicia de ese egoísmo. Decidme, hermanos míos: ¿qué es para nosotros
lo malo y lo peor? ¿No es la
degeneración? -
Y
siempre adivinamos degeneración allí
donde falta el alma que hace regalos.
Hacia arriba va nuestro camino, desde la especie asciende a la super-especie. Pero un
horror es para nosotros el sentido degenerante que dice: «Todo para mí».
Hacia arriba vuela nuestro sentido: de este modo es un símbolo de nuestro cuerpo, sím-
bolo de una elevación. Símbolos de tales elevaciones son los nombres de las virtudes.
Así atraviesa el cuerpo la historia, como algo que deviene y lucha. Y el espíritu - ¿qué
es el espíritu para el cuerpo? Heraldo de sus luchas y victorias, compañero y eco.
Símbolos son todos los nombres del bien y del mal: no declaran, sólo hacen señas.
¡Tonto es quien de ellos quiere sacar saber!
Prestad atención, hermanos míos, a todas las horas en que vuestro espíritu quiere hablar
por símbolos: allí está el origen de vuestra virtud.
Elevado está entonces vuestro cuerpo, y resucitado; con sus delicias cautiva al espíritu,
para que éste se convierta en creador y en apreciador y en amante y en benefactor de to-
das las cosas.
Cuando vuestro corazón hierve, ancho y lleno, igual que el río, siendo una bendición y
un peligro para quienes habitan a su orilla: allí está el origen de vuestra virtud.
Cuando estáis por encima de la alabanza y de la censura, y vuestra voluntad quiere dar
órdenes a todas las cosas, como voluntad que es de un amante: allí está el origen de vues-
tra virtud.
Cuando despreciáis lo agradable y la cama blanda, y no podéis acostaros a suficiente
distancia de los comodones: allí está el origen de vuestra virtud.
Cuando no tenéis más que
una sola
voluntad, y ese viraje de toda necesidad se llama
para vosotros necesidad
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: allí está el origen de vuestra virtud.