En verdad, demasiado bien comprendo el signo y la advertencia del sueño: ¡mi
doctrina
está en peligro, la cizaña quiere llamarse trigo!
142
Mis enemigos se han vuelto poderosos y han deformado la imagen de mi doctrina, de
modo que los más queridos por mí tuvieron que avergonzarse de los dones que yo les
había entregado.
¡He perdido a mis amigos; me ha llegado la hora de buscar a los que he perdido! »
143
-
Al decir estas palabras Zaratustra se levantó de un salto, pero no como un angustiado
que busca aire, sino más bien como un vidente y cantor de quien se apodera el espíritu.
Extrañados miraron hacia él su águila y su serpiente: pues, semejante a la aurora, sobre su
rostro yacía una felicidad cercana.
¿Qué me ha sucedido, pues, animales míos? - dijo Zaratustra. ¿No estoy transformado?
¿No vino a mí la bienaventuranza como un viento tempestuoso?
Loca es mi felicidad, y cosas locas dirá: es demasiado joven todavía - ¡tened, pues, pa-
ciencia con ella!
Herido estoy por mi felicidad
144
: ¡todos los que sufren deben ser médicos para mí!
¡De nuevo me es lícito bajar a mis amigos y también a mis enemigos! ¡De nuevo le es
lícito a Zaratustra hablar y hacer regalos y dar lo mejor a los amados!
Mi impaciente amor se desborda en ríos que bajan hacia levante y hacia poniente
145
.
¡Desde silenciosas montañas y tempestades de dolor desciende mi alma con estruendo a
los valles!
Demasiado tiempo he estado anhelando y mirando a lo lejos. Demasiado tiempo he per-
tenecido a la soledad: así he olvidado el callar.
Me he convertido todo yo en una boca, y en estruendo de arroyo que cae de elevados
peñascos: quiero despeñar mis palabras a los valles.
¡Y lo haré aunque el río de mi amor se precipite en lo infranqueable! ¡Cómo no va a
acabar encontrando tal río el camino hacia el mar!
Sin duda hay en mí un lago, un lago eremítico, que se basta a sí mismo; mas el río de
mi amor lo arrastra hacia abajo consigo - ¡al mar!
Nuevos caminos recorro, un nuevo modo de hablar llega a mí; me he cansado, como
todos los creadores, de las viejas lenguas. Mi espíritu no quiere ya caminar sobre sanda-
lias usadas.
Con demasiada lentitud corre para mí todo hablar: - ¡a tu carro salto, tempestad! ¡E in-
cluso a ti quiero arrearte con el látigo de mi maldad!
Como un grito y una exclamación jubilosa quiero correr sobre anchos mares, hasta en-
contrar las islas afortunadas
146
donde moran mis amigos: -
¡Y mis enemigos entre ellos! ¡Cómo amo ahora a todo aquel a quien me sea lícito
hablarle! También mis enemigos forman parte de mi bienaventuranza.
Y si quiero montar en mi caballo salvaje, lo que mejor me ayuda siempre a subir es mi
lanza: ella es el servidor constantemente dispuesto de mi pie: -
¡La lanza que arrojo contra mis enemigos! ¡Cómo les agradezco a mis enemigos el que
por fin se me permita arrojarla!
Demasiado grande era la tensión de mi nube: entre carcajadas de rayos quiero lanzar
granizadas a la profundidad.
Poderoso se hinchará entonces mi pecho, poderoso exhalará su tempestad por encima
de los montes: así quedará aliviado.
¡En verdad, semejantes a una tempestad llegan mi felicidad y mi libertad! Pero mis
enemigos deben creer que es
el
Maligno
147
el que se enfurece sobre sus cabezas.
Sí, también os asustaréis vosotros, amigos míos, a causa de mi sabiduría salvaje
148
; y tal
vez huyáis de ella juntamente con mis enemigos.