Igual que un lisiado que se hubiera quedado sordo y ciego y mudo: así viví yo largo
tiempo, para no vivir con la chusma del poder, de la pluma y de los placeres.
Fatigosamente subía escaleras mi espíritu, y con cautela; limosnas de placer fueron su
alivio; apoyada en el bastón se arrastraba la vida para el ciego.
¿Qué me ocurrió, sin embargo? ¿Cómo me redimí de la náusea? ¿Quién rejuveneció
mis ojos? ¿Cómo volé hasta la altura en la que ninguna chusma se sienta ya junto al po-
zo?
¿Mi propia náusea me proporcionó alas y me dio fuerzas que presienten las fuentes?
¡En verdad, hasta lo más alto tuve que volar para reencontrar el manantial del placer!
¡Oh, lo encontré, hermanos míos! ¡Aquí en lo más alto brota para mí el manantial del
placer! ¡Y hay una vida de la cual no bebe la chusma con los demás!
¡Casi demasiado violenta resulta tu corriente para mí, fuente del placer! ¡Y a menudo
has vaciado de nuevo la copa queriendo llenarla!
Y todavía tengo que aprender a acercarme a ti con mayor modestia: con demasiada vio-
lencia corre aún mi corazón a tu encuentro: -
Mi corazón, sobre el que arde mi verano, el breve, ardiente, melancólico, sobrebien-
aventurado: ¡cómo apetece mi corazón estival tu frescura!
¡Disipada se halla la titubeante tribulación de mi primavera! ¡Pasada está la maldad de
mis copos de nieve de junio! ¡En verano me he transformado enteramente y en mediodía
de verano!
Un verano en lo más alto, con fuentes frías y silencio bienaventurado: ¡oh, venid, ami-
gos míos, para que el silencio resulte aún más bienaventurado!
Pues ésta es
nuestra
altura y nuestra patria: en un lugar demasiado alto y abrupto habi-
tamos nosotros aquí para todos los impuros y para su sed.
¡Lanzad vuestros ojos puros en el manantial de mi placer, amigos míos! ¡Cómo habría
él de enturbiarse por ello! ¡En respuesta os reirá con
su
pureza!
En el árbol Futuro construimos nosotros nuestro nido; ¡águilas deben traernos en sus
picos alimento a nosotros los solitarios!
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¡En verdad, no un alimento del que también a los impuros les esté permitido comer!
¡Fuego creerían devorar y se abrasarían los hocicos!
¡En verdad, aquí no tenemos preparadas moradas para impuros! ¡Una caverna de hielo
significaría para sus cuerpos nuestra felicidad, y para sus espíritus!
Y cual vientos fuertes queremos vivir por encima de ellos, vecinos de las águilas, veci-
nos de la nieve, vecinos del sol: así es como viven los vientos fuertes.
E igual que un viento quiero yo soplar todavía alguna vez entre ellos, y con mi espíritu
cortar la respiración a su espíritu: asílo quiere mi futuro.
En verdad, un viento fuerte es Zaratustra para todas las hondonadas; y este consejo da a
sus enemigos y a todo lo que esputa y escupe: «¡Guardaos de escupir
contra
el vien-
to!»
176
Así habló Zaratustra.
175
Reminiscencia de
1 Reyes,
17, 6:
«Los cuervos le llevaban [a Elías] pan por la mañana y carne por la
tarde.» Aquí son águilas las que llevan la comida a los solitarios.
176
En
Ecce homo
cita Nietzsche un largo fragmento de este capítulo (desde «¿Pero qué me ha sucedi-
do?»... hasta aquí) como ejemplo de la manera de hablar Zaratustra sobre «la redención de la náusea».
De las tarántulas
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Mira, ésa es la caverna de la tarántula! ¿Quieres verla a ella misma? Aquí cuelga su te-
la; tócala, para que tiemble. Ahí viene dócilmente: ¡bien venida, tarántula! Negro se