asienta sobre tu espalda tu triángulo y emblema; y yo conozco también lo que se asienta
en tu alma.
Venganza se asienta en tu alma: allí donde tú muerdes, se forma una costra negra; ¡con
la venganza produce tu veneno vértigos al alma!
Así os hablo en parábola a vosotros los que causáis vértigos a las almas, ¡vosotros los
predicadores de la
igualdad!
¡Tarántulas sois vosotros para mí, y vengativos escondidos!
Pero yo voy a sacar a luz vuestros escondrijos: por eso me río en vuestra cara con mi
carcajada de la altura.
Por eso desgarro vuestra tela, para que vuestra rabia os induzca a salir de vuestras ca-
vernas de mentiras, y vuestra venganza destaque detrás de vuestra palabra «justicia».
Pues
que el hombre sea redimido de la venganza:
ése es para mí el puente hacia la su-
prema esperanza y un arco iris después de prolongadas tempestades.
Mas cosa distinta es, sin duda, lo que las tarántulas
quieren. «Llámese para nosotras
justicia precisamente esto, que el mundo se llene de las tempestades de nuestra vengan-
za» - así hablan ellas entre sí.
«Venganza queremos ejercer, y burla de todos los que no son iguales a nosotros» - esto
se juran a sí mismos los corazones de tarántulas.
«Y “voluntad de igualdad” - éste debe llegar a ser en adelante el nombre de la virtud; ¡y
contra todo lo que tiene poder queremos nosotros elevar nuestros gritos!»
Vosotros predicadores de la igualdad, la demencia tiránica de la impotencia es lo que en
vosotros reclama a gritos «igualdad»: ¡vuestras más secretas ansias tiránicas se disfrazan,
pues, con palabras de virtud!
Presunción amargada, envidia reprimida, tal vez presunción y envidia de vuestros pa-
dres: de vosotros brota eso en forma de llama y de demencia de la venganza.
Lo que el padre calló, eso habla en el hijo; y a menudo he encontrado que el hijo era el
desvelado secreto del padre.
A los entusiastas se asemejan: pero no es el corazón lo que los entusiasma, - sino la
venganza. Y cuando se vuelven sutiles y fríos, no es el espíritu, sino lo envidia lo que los
hace sutiles y fríos.
Sus celos los conducen también a los senderos de los pensadores; y éste es el signo ca-
racterístico de sus celos - van siempre demasiado lejos: hasta el punto de que su cansan-
cio tiene finalmente que echarse a dormir incluso sobre nieve.
En cada una de sus quejas resuena la venganza, en cada uno de sus elogios hay un
agravio; y ser jueces les parece la bienaventuranza.
Mas yo os aconsejo así a vosotros, amigos míos: ¡desconfiad de todos aquellos en quie-
nes es poderosa la tendencia a imponer castigos!
Ése es pueblo de índole y origen malos; desde sus rostros miran el verdugo y el sabue-
so.
¡Desconfiad de todos aquellos que hablan mucho de su justicia! En verdad, a sus almas
no es miel únicamente lo que les falta.
Y si se llaman a sí mismos «los buenos y justos», no olvidéis que a ellos, para ser fari-
seos, no les falta nada más que - ¡poder!
Amigos míos, no quiero que se me mezcle y confunda con otros.
Hay quienes predican mi doctrina acerca de la vida: y a la vez son predicadores de la
igualdad, y tarántulas.
Su hablar en favor de la vida, aunque ellos están sentados en su caverna, esos arañas
venenosas, y apartados de la vida: débese a que ellos quieren así hacer daño.
Quieren así hacer daño a quienes ahora tienen el poder: pues entre éstos es donde mejor
acogida sigue encontrando la predicación acerca de la muerte.