Vosotros los varones, sin embargo, me otorgáis siempre como regalo vuestras propias
virtudes - ¡ay, vosotros virtuosos!»
Así reía la increíble; mas yo nunca la creo, ni a ella ni a su risa, cuando habla mal de sí
misma.
Y cuando hablé a solas con mi sabiduría salvaje, me dijo encolerizada: «Tú quieres, tú
deseas, tú amas, ¡sólo por eso
alabas
tú la vida!»
A punto estuve de contestarle mal y de decirle la verdad a la encolerizada; y no se pue-
de contestar peor que «diciendo la verdad» a nuestra propia sabiduría.
Así están, en efecto, las cosas entre nosotros tres. A fondo yo no amo más que a la vida
- ¡y, en verdad, sobre todo cuando la odio!
Y el que yo sea bueno con la sabiduría, y a menudo demasiado bueno: ¡esto se debe a
que ella me recuerda totalmente a la vida!
Tiene los ojos de ella, su risa, e incluso su áurea caña de pescar: ¿qué puedo yo hacer si
las dos se asemejan tanto?
Y una vez, cuando la vida me preguntó: ¿Quién es, pues, ésa, la sabiduría? - yo me
apresuré a responder: «¡Ah sí!, ¡la sabiduría!
Tenemos sed de ella y no nos saciamos, la miramos a través de velos, la intentamos
apresar con redes.
¿Es hermosa? ¡Qué se yo! Pero hasta las carpas más viejas continúan picando en
.
su ce-
bo.
Mudable y terca es; a menudo la he visto morderse los labios y peinarse a contrapelo.
Acaso es malvada y falsa, y una mujer en todo; pero cabalmente cuando habla mal de sí
es cuando más seduce.»
Cuando dije esto a la vida ella rió malignamente y cerró los ojos. «¿De quién estás
hablando?, dijo, ¿sin duda de mí?
Y aunque tuvieras razón, - ¡decirme
eso
así a la cara! Pero ahora habla también de tu
sabiduría.»
¡Ay, y entonces volviste a abrir tus ojos, oh vida amada! Y en lo insondable me pareció
hundirme allí de nuevo. -
Así cantó Zaratustra. Mas cuando el baile acabó y las muchachas se hubieron ido de allí
sintióse triste.
«Hace ya mucho que se puso el sol, dijo por fin; el prado está húmedo, de los bosques
llega frío.
Algo desconocido está a mi alrededor y mira pensativo. ¡Cómo! ¿Tú vives todavía, Za-
ratustra?
¿Por qué? ¿Para qué? ¿Con qué? ¿Hacia dónde? ¿Dónde? ¿Cómo? ¿No es tontería vivir
todavía? -
Ay, amigos mios, el atardecer es quien así pregunta desde mí. ¡Perdonadme mi tristeza!
El atardecer ha llegado: ¡perdonadme que el atardecer haya llegado!»
Así habló Zaratustra.
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Así llama el
Evangelio de Juan,
12, 31,
al demonio (palabras de Jesús a Andrés y Felipe, anunciando
su glorificación por la muerte): «Ahora comienza un juicio contra el orden presente, y ahora el señor de
este mundo será arrojado fuera. Pero yo, cuando me levanten de la tierra, tiraré de todos hacia mí».
192
Con estas mismas palabras comenzará también
La otra canción del baile,
en la tercera parte de esta
obra
.
La canción de los sepulcros
193