Allí está la isla de los sepulcros, la silenciosa; allí están también los sepulcros de mi ju-
ventud. A ella quiero llevar una corona siempre verde de vida».
Con este propósito en el corazón atravesé el mar. -
¡Oh vosotras, visiones y apariciones de mi juventud! ¡Oh vosotras, miradas todas del
amor, vosotros instantes divinos! ¡Qué aprisa habéis muerto para mí! Me acuerdo de vo-
sotros hoy como de mis muertos.
De vosotros, muertos queridísimos, llega hasta mí un dulce aroma que desata el corazón
y las lágrimas. En verdad, ese aroma conmueve y alivia el corazón al navegante solitario.
Aún continúo siendo el más rico y el más digno de envidia - ¡yo el más solitario! Pues
yo os
tuve
a vosotros, y vosotros me tuvisteis a mí: decid, La quién le cayeron del árbol,
como a mí, tales manzanas de rosa?
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Aún continúo siendo heredero de vuestro amor, y tierra que en recuerdo vuestro florece
con multicolores virtudes silvestres, ¡oh vosotros amadísimos!
Ay, estábamos hechos para permanecer próximos unos a otros, oh propicios y extraños
prodigios; y vinisteis a mí y a mi deseo no como tímidos pájaros - ¡no, sino como confia-
dos al confiado!
Sí, hechos para la fidelidad, como yo, y para delicadas eternidades: y ahora tengo que
denominaros por vuestra infidelidad, oh miradas e instantes divinos: ningún otro nombre
he aprendido todavía.
En verdad, demasiado aprisa habéis muerto para mí, vosotros fugitivos. Pero no huisteis
de mí, tampoco yo huí de vosotros: inocentes somos unos para otros en nuestra infideli-
dad.
¡Para matarme a
mí
os estrangularon a vosotros, pájaros cantores de mis esperanzas! Sí,
contra vosotros, queridísimos, disparó la maldad siempre sus flechas - ¡para dar en mi
corazón!
¡Y acertó! Porque vosotros erais lo más querido a mi corazón, mi posesión y mi ser-
poseído: ¡por
eso
tuvisteis que morir jóvenes y demasiado pronto!
Contra lo más vulnerable que yo poseía dispararon ellos la flecha: ¡lo erais vosotros,
cuya piel es semejante a una suave pelusa, y, más todavía, a la sonrisa que fenece a causa
de una mirada!
Pero estas palabras quiero decir a mis enemigos: ¡qué son todos los homicidios al lado
de lo que me habéis hecho!
Algo peor me habéis hecho que todos los homicidios; algo irrecuperable me habéis qui-
tado: - ¡así os hablo a vosotros, enemigos míos!
¡Pues habéis asesinado las visiones y los amadísimos prodigios de mi juventud! ¡Me
habéis quitado mis compañeros de juego, los espíritus bienaventurados! En recuerdo suyo
deposito esta corona y esta maldición.
¡Esta maldición contra vosotros, enemigos míos! ¡Pues acortasteis mi eternidad, así
como un sonido se quiebra en noche fría! Casi tan sólo como un relampagueo de ojos
divinos llegó hasta mí, - ¡como un instante!
Así dijo una vez en hora favorable mi pureza: «Divinos deben ser para mí todos los se-
res».
Entonces caísteis sobre mí con sucios fantasmas, ¡ay, adónde huyó aquella hora favora-
ble!
«Todos los días deben ser santos para mí» - así habló en otro tiempo la sabiduría de mi
juventud
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: ¡en verdad, palabras de una sabiduría gaya!
Pero entonces vosotros los enemigos me robasteis mis noches y las vendisteis a un tor-
mento insomne: ay, ¿adónde huyó aquella sabiduría gaya?