En otro tiempo yo estaba ansioso de auspicios felices: entonces hicisteis que se me cru-
zase en el camino un búho monstruoso, repugnante. Ay, ¿adónde huyó entonces mi tierna
ansia?
A toda náusea prometí yo en otro tiempo renunciar: entonces transformasteis a mis
allegados y prójimos en llagas purulentas. Ay, ¿adónde huyó entonces mi más noble
promesa?
Como un ciego recorrí en otro tiempo caminos bienaventurados: entonces arrojasteis
inmundicias al camino del ciego: y él sintió náuseas del viejo sendero de ciegos.
Y cuando realicé mi empresa más dificil y celebraba la victoria de mis superaciones:
entonces hicisteis gritar a quienes me amaban que yo era quien más daño les hacía.
En verdad, ése fue siempre vuestro obrar: transformasteis en hiel mi mejor miel y la la-
boriosidad de mis mejores abejas.
A mi benevolencia enviasteis siempre los mendigos más insolentes; en torno a mi com-
pasión amontonasteis siempre a aquellos cuya desvergüenza no tenía curación. Así heris-
teis a mi virtud en su fe.
Y si yo llevaba al sacrificio lo más santo de mí: al instante vuestra «piedad» añadía sus
dones más grasientos: de tal manera que en el vaho de vuestra grasa quedaba sofocado
hasta lo más santo de mí.
Y en otro tiempo quise bailar como jamás había bailado yo hasta entonces: más allá de
todos los cielos quise bailar. Entonces persuadisteis a mi cantor más amado.
Y éste entonó una horrenda y pesada melodía; ¡ay, la tocó a mis oídos como un tétrico
cuerno!
¡Cantor asesino, instrumento de la maldad, inocentísimo! Ya estaba yo dispuesto para
el mejor baile: ¡entonces asesinaste con tus sones mi éxtasis!
Sólo en el baile sé yo decir el símbolo de las cosas supremas: - ¡y ahora mi símbolo su-
premo se me ha quedado inexpreso en mis miembros!
¡Inexpresa y no liberada quedó en mí la suprema esperanza! ¡Y se me murieron todas
las visiones y consuelos de mi juventud!
¿Cómo soporté aquello? ¿Cómo vencí y superé tales heridas?
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¿Cómo volvió mi alma
a resurgir de esos sepulcros?
Sí, algo invulnerable, insepultable hay en mí, algo que hace saltar las rocas: se llama
mi
voluntad.
Silenciosa e incambiada avanza a través de los años.
Su camino quiere recorrerlo con mis pies mi vieja voluntad; duro de corazón e invulne-
rable es para ella el sentido.
Invulnerable soy únicamente en mi talón
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. ¡Todavía sigues viviendo ahí y eres idénti-
ca a ti misma, pacientísima! ¡Siempre conseguiste atravesar todos los sepulcros!
En ti vive todavía lo irredento de mi juventud; y como vida y juventud estás tú ahí sen-
tada, llena de esperanzas, sobre amarillas ruinas de sepulcros.
Sí, todavía eres tú para mí la que reduce a escombros todos los sepulcros: ¡salud a ti,
voluntad mía! Y sólo donde hay sepulcros hay resurrecciones. -
Así cantó Zaratustra.
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Otro título previsto por Nietzsche para este apartado en sus manuscritos era
La fiesta de los muertos.
Ciertos comentaristas han querido ver en
La canción de los sepulcros
una sumaria enumeración de las
diversas desilusiones y afrentas, reales o imaginarias, sufridas por Nietzsche en su vida. El propio título es
sin duda una reminiscencia de la isla de San Michele, cementerio de Venecia, llamada también «isla de los
muertos», y que ciertamente Nietzsche veía desde su ventana cuando en Venecia residía en Fundamenta
Nuove. El «buho monstruoso y repugnante» representaría al filólogo (Wilamowitz von Möllendorff) que se
atravesó en su carrera de catedrático universitario. El «cantor más amado», que, sin embargo, le entona una
«horrenda y pesada melodía», sería Wagner, que le había insultado en su artículo
Público y popularidad,
publicado en los
Bayreuther Blätter
(Hojas de Bayreuth); y así sucesivamente.