Desprecio hay todavía en sus ojos; y náusea se esconde en su boca
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. Ahora reposa,
ciertamente, pero su reposo no se ha tendido todavía al sol.
Debería hacer como el toro; y su felicidad debería oler a tierra y no a desprecio de la
tierra.
Como un toro blanco quisiera yo verlo, resoplando y mugiendo mientras marcha delan-
te del arado: ¡y su mugido debería alabar además todo lo terreno!
Oscuro es todavía su rostro; la sombra de la mano juega sobre él. Ensombrecido está
todavía el sentido de sus ojos.
Su acción misma es todavía la sombra sobre él: la mano oscurece al que actúa. Aún no
ha superado su acción.
Es verdad que yo amo en él la nuca de toro: mas ahora quiero ver también incluso los
ojos de ángel.
También su voluntad de héroe tiene todavía que olvidarla: un elevado debe ser él para
mí, y no sólo un sublime: - ¡el éter mismo debería elevarlo a él, el falto de voluntad!
Él ha domeñado monstruos, ha resuelto enigmas: pero aún debería redimir a sus propios
monstruos y enigmas, en hijos celestes debería aún transformarlos.
Su conocimiento no ha aprendido todavía a sonreír y a no tener celos; aún no se ha
vuelto tranquila en la belleza su caudalosa pasión.
En verdad, no en la saciedad debería callar y sumergirse su ansia, ¡sino en la belleza! El
encanto forma parte de la magnanimidad de los magnánimos.
Con el brazo apoyado sobre la cabeza: así debería reposar el héroe, así debería superar
incluso su reposo.
Pero cabalmente al héroe lo
bello
le resulta la más dificil de todas las cosas. Inconquis-
table es lo bello para toda voluntad violenta.
Un poco más, un poco menos: justo eso es aquí mucho, es aquí lo más.
Estar en pie con los músculos relajados y con la voluntad desuncida: ¡eso es lo más di-
fícil para todos vosotros, los sublimes!
Cuando el poder se vuelve clemente y desciende hasta lo visible: belleza llamo yo a tal
descender.
Y de nadie quiero yo belleza tanto como precisamente de ti, violento: sea tu bondad tu
última superación de ti mismo.
De todo mal te creo capaz: por ello quiero yo de ti el bien. ¡En verdad, a menudo me he
reído de los debiluchos que se creen buenos porque tienen zarpas tullidas!
A la virtud de la columna debes aspirar: más bella y más delicada se va tornando, pero
en lo interior más dura y más robusta, cuanto más asciende.
Sí, sublime, alguna vez también tú debes ser bello y presentar el espejo a tu propia be-
lleza.
Entonces tu alma se estremecerá de ardientes deseos divinos; ¡y habrá adoración inclu-
so en tu vanidad!
Éste es, en efecto, el misterio del alma: sólo cuando el héroe la ha abandonado acércase
a ella, en sueños, - el super-héroe.
Así habló Zaratustra.
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El «penitente del espíritu» alude irónicamente, entre otros, a Wagner. Es un concepto importante en
esta obra, que aquí aparece por vez primera. Se lo vuelve a citar más adelante, en
De los poetas, y
alcanza
su pleno desarrollo en la cuarta parte,
El mago.
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Véase
Humano, demasiado humano,
II,
«Opiniones y sentencias mezcladas», el 170, titulado «Los
alemanes en el teatro», al final: «¡Bienaventurados los que tienen un gusto, aunque sea un mal gusto! - y no
sólo bienaventurado, sino también sabio es cosa que sólo se puede llegar a ser en virtud de esa cualidad:
por eso los griegos, que en tales cuestiones eran muy finos, designaron al sabio con una palabra que signifi-
ca el
hombre de gusto, y
llamaron a la sabiduría, tanto artística como cognoscitiva, “gusto”
(Sophia).»