¡Ay, existen demasiadas cosas entre el cielo y la tierra con las cuales sólo los poetas se
han permitido soñar!
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Y, sobre todo,
por encima
del cielo: ¡pues todos los dioses son un símbolo de poetas, un
amaño de poetas!
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.
En verdad, siempre somos arrastrados hacia lo alto
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- es decir, hacia el reino de las
nubes: sobre éstas plantamos nuestros multicolores peleles y los llamamos dioses y su-
perhombres: -
¡Pues son justamente bastante ligeros para tales sillas! -todos esos dioses y superhom-
bres.
¡Ay, qué cansado estoy de todo lo insuficiente, que debe ser de todos modos aconteci-
miento!
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¡Ay, qué cansado estoy de los poetas!
Cuando Zaratustra dijo esto, su discípulo se enojó con él, pero calló. También Zaratus-
tra calló; y sus ojos se habían vuelto hacia dentro, como si mirasen hacia remotas lejaní-
as. Finalmente suspiró y tomó aliento.
Yo soy de hoy y de antes
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, dijo luego; pero hay algo dentro de mí que es de mañana y
de pasado mañana y del futuro.
Me he cansado de los poetas, de los viejos y de los nuevos: superficiales me parecen
todos, y mares poco profundos.
No han pensado con suficiente profundidad: por ello su sentimiento no se sumergió
hasta llegar a las razones profundas.
Un poco de voluptuosidad y un poco de aburrimiento: eso ha sido la mejor incluso de
sus reflexiones.
Un soplo y un deslizarse de fantasmas me parecen a mí todos sus arpegios; ¡qué han
sabido ellos hasta ahora del ardor de los sonidos! -
No son tampoco para mí bastante limpios: todos ellos ensucian sus aguas para hacerlas
parecer profundas.
Con gusto representan el papel de conciliadores: ¡mas para mí no pasan de ser media-
dores y enredadores, y mitad de esto y mitad de aquello, y gente sucia! -
Ay, yo lancé ciertamente mi red en sus mares y quise pescar buenos peces; pero siem-
pre saqué la cabeza de un viejo dios.
El mar proporcionó así una piedra al hambriento
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. Y ellos mismos proceden sin duda
del mar.
Es cierto que en ellos se encuentran perlas: pero tanto más se parecen ellos mismos a
crustáceos duros. Y en vez de alma he encontrado a menudo en ellos légamo salado.
También del mar han aprendido su vanidad: ¿no es el mar el pavo real de los pavos re-
ales?
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.
Incluso ante el más feo de todos los búfalos despliega él su cola, y jamás se cansa de su
abanico de encaje hecho de plata y seda.
Ceñudo contempla esto el búfalo, pues su alma prefiere la arena, y más todavía la male-
za, y más que ninguna otra cosa, la ciénaga.
¡Qué le importan a él la belleza y el mar y los adornos del pavo real! Ésta es la parábola
que yo dedico a los poetas.
¡En verdad, su espíritu es el pavo real de los pavos reales y un mar de vanidad!
Espectadores quiere el espíritu del poeta: ¡aunque sean búfalos! -
Mas yo me he cansado de ese espíritu: y veo venir el día en que también él se cansará
de sí mismo.
Transformados he visto ya a los poetas, y con la mirada dirigida contra ellos mismos.
Penitentes del espíritu
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he visto venir: han surgido de los poetas.