inglés durante su singladura por el Mediterráneo en 1686. Sobre este aparente
plagio llamó ya la atención
en 1902 el psicólogo C.G. Jung, que lo calificó de «criptomnesia». Es posible que también sean ejemplos
de criptomnesia las reminiscencias de
Las mil y una noches
que aparecen en esta obra; véanse las notas
281, 285 y 486.
240
Nietzsche hace realizar aquí a Zaratustra una acción parecida a la que Jesús realizó alguna vez en los
Evangelios: apartarse de sus discípulos y dejarlos solos. Véase, por ejemplo, el
Evangelio de Juan,
6, 15:
«Jesús... se retiró otra vez al monte, él solo».
241
Reminiscencia evangélica. También los discípulos se alegran cuando Jesús se les aparece después de
muerto. Véase el
Evangelio de Juan,
20, 20: «Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos
se alegraron de ver al Señor.» Todo este capítulo describe una especie de «bajada de Zaratustra a los infier-
nos» y su posterior «resurrección».
242
El «perro de fuego», además de aludir al can Cerbero, vigilante del Hades, es símbolo de la plebe; y
las explosiones y erupciones de
ese
perro, símbolo de las revoluciones sociales.
243
En
La genealogía de la moral
, Nietzsche, hablando de Buckle, se expresa en forma similar: «El ple-
beyismo del espíritu moderno, que es de procedencia inglesa, explotó aquí una vez más en su suelo natal
con la violencia de un volcán enlodado y con la elocuencia demasiado salada, chillona, vulgar, con que han
hablado hasta ahora todos los volcanes.»
244
«Cita» de una frase ya aparecida antes. Véase, en la primera parte, De
las moscas
del
mercado
.
245
Quizás alusiones a Pompeya, la ciudad convertida en «momia» por la erupción del Vesubio el año 79
después de Cristo, y a la columna Vendôme, derribada durante la Comuna de París, el 16 de mayo de 1871.
246
El caminante y su sombra
es el título de una obra de Nietzsche, añadida posteriormente
al segundo
volumen de
Humano, demasiado humano.
«El caminante y su sombra» desempeña un papel importante en
la cuarta parte de esta obra; véase allí
La sombra
.
El adivino
Y vi venir
247
una gran tristeza sobre los hombres. Los mejores se cansaron de sus obras.
Una doctrina se difundió, y junto a ella corría una fe: “¡Todo está vacío, todo es idénti-
co, todo fue!
248
.
Y desde todos los cerros el eco repetía: “¡Todo está vacío, todo es idéntico, todo fue!”
Sin duda nosotros hemos cosechado: mas ¿por qué se nos han podrido todos los frutos y
se nos han ennegrecido? ¿Qué cayó de la malvada luna la última noche?
Inútil ha sido todo el trabajo, en veneno se ha transformado nuestro vino, el mal de ojo
ha quemado nuestros campos y nuestros corazones, poniéndolos amarillos.
Todos nosotros nos hemos vuelto áridos; y si cae fuego sobre nosotros, nos reducire-
mos a polvo, como la ceniza: - aún más, nosotros hemos cansado hasta al mismo fuego.
Todos los pozos se nos han secado, también el mar se ha retirado. ¡Todos los suelos
quieren abrirse, mas la profundidad no quiere tragarnos!
«Ay, dónde queda todavía un mar en que poder ahogarse”: así resuena nuestro lamento
- alejándose sobre ciénagas planas.
En verdad, estamos demasiado cansados incluso para morir; ahora continuamos estando
en vela y sobrevivimos - ¡en cámaras sepulcrales!» -
Así oyó Zaratustra hablar a un adivino
249
; y su vaticinio le llegó al corazón y se lo
transformó. Triste y cansado iba de un sitio para otro; y acabó pareciéndose a aquellos de
quienes el adivino había hablado.
En verdad, dijo a sus discípulos, de aquí a poco
250
llegará ese largo crepúsculo. ¡Ay,
cómo salvaré mi luz llevándola al otro lado!
¡Que no se me apague en medio de esta tristeza! ¡Debe ser luz para mundos remotos e
incluso para noches remotísimas!
Contristado de este modo en su corazón iba Zaratustra de un lado para otro; y durante
tres días no tomó bebida ni comida, estuvo intranquilo y perdió el habla. Por fin ocurrió
que cayó en un profundo sueño. Mas sus discípulos estaban sentados a su alrededor, en