largas velas nocturnas, y aguardaban preocupados a ver si se despertaba y recobraba el
habla y se curaba de su tribulación.
Y éste es el discurso que Zaratustra pronunció al despertar; su voz llegaba a sus discí-
pulos como desde una remota lejanía. ¡Oídme el sueño que he soñado, amigos, y ayu-
dadme a adivinar su sentido!
Un enigma continúa siendo para mí este sueño; su sentido está oculto dentro de él, apri-
sionado allí, y aún no vuela por encima de él con alas libres.
Yo había renunciado a toda vida, así soñaba. En un vigilante nocturno y en un guardián
de tumbas me había convertido yo allá arriba en el solitario castillo montañoso de la
muerte.
Allá arriba guardaba yo sus ataúdes: llenas estaban las lóbregas bóvedas de tales trofeos
de victoria. Desde ataúdes de cristal me miraba la vida vencida.
Yo respiraba el olor de eternidades reducidas a polvo: sofocada y llena de polvo yacía
mi alma por el suelo. ¡Y quién habría podido airear allí su alma!
Una claridad de medianoche me rodeaba constantemente, la soledad se había acurruca-
do junto a ella; y, como tercera cosa, un mortal silencio lleno de resuellos, el peor de mis
amigos.
Yo llevaba llaves, las más herrumbrosas de las llaves; y entendía de abrir con ellas la
más chirriante de todas las puertas.
Semejante a irritado graznido de cornejas corría el sonido por los largos corredores
cuando las hojas de la puerta se abrían: hostilmente chillaba aquel pájaro, no le gustaba
ser despertado.
Pero más espantoso era todavía y más oprimía el corazón cuando de nuevo se hacía el
silencio y alrededor enmudecía todo y yo estaba sentado solo en medio de aquel pérfido
callar.
Así se me iba y se me escapaba el tiempo, si es que tiempo había todavía: ¡qué sé yo de
ello! Pero finalmente ocurrió algo que me despertó.
Por tres veces resonaron en la puerta golpes como truenos, y por tres veces las bóvedas
repitieron el eco aullando: yo marché entonces hacia la puerta.
¡Alpa!, exclamé, ¿quién trae su ceniza a la montaña? ¡Alpa! ¡Alpa! ¿Quién trae su ceni-
za a la montaña?
Y metí la llave y empujé la puerta y forcejeé. Pero no se abrió ni lo ancho de un dedo:
Entonces un viento rugiente abrió con violencia sus hojas: y entre agudos silbidos y
chirridos arrojó hacia mí un negro ataúd:
Y en medio del rugir, silbar y chirriar, el ataúd se hizo pedazos y escupió miles de car-
cajadas diferentes.
Y desde mil grotescas figuras de niños, ángeles, lechuzas, necios y mariposas grandes
como niños algo se rió y se burló de mí y rugió contra mí.
Un espanto horroroso se apoderó de mí: me arrojó al suelo. Y yo grité de horror como
jamás había gritado.
Pero mi propio grito me despertó: - y volví en mí. -
Así contó Zaratustra su sueño
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, y luego calló: pues aún no sabía la interpretación de
su sueño. Pero el discípulo al que él más amaba
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se
levantó con presteza, tomó la mano
de Zaratustra y dijo:
«¡Tu vida misma nos da la interpretación de ese sueño, Zaratustra!
¿No eres tú mismo el viento de chirriantes silbidos que arranca las puertas de los casti-
llos de la muerte?
¿No eres tú mismo el ataúd lleno de maldades multicolores y de grotescas figuras ange-
licales de la vida?