De la redención
Un día en que Zaratustra estaba atravesando el gran puente lo rodearon los lisiados y
los mendigos
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, y un
jorobado le habló así:
«¡Mira, Zaratustra! También el pueblo aprende de ti y comienza a creer en tu doctrina:
mas para que acabe de creerte del todo se necesita aún
una
cosa - ¡tienes que convencer-
nos primero a nosotros los lisiados! ¡Aquí tienes ahora una hermosa colección, y, en ver-
dad, una ocasión que se puede agarrar por más de
un
pelo! Puedes curar a ciegos y hacer
correr a paralíticos; y a quien lleva demasiado sobre su espalda podrías sin duda también
quitarle un poco: - ¡éste, piensoyo, sería el modo idóneo de hacer creer a los lisiados en
Zaratustra!»
Mas Zaratustra replicó así al que había hablado: «Si al jorobado se le quita su joroba, se
le quita su espíritu - así enseña el pueblo. Y si al ciego se le dan sus ojos, verá demasia-
das cosas malas en la tierra: de modo que maldecirá a quien lo curó. Y el que haga correr
al paralítico le causa el mayor de todos los perjuicios: pues apenas pueda correr, sus vi-
cios, desbocados, lo arrastran consigo - así enseña el pueblo a propósito de los lisiados.
¿Y por qué no iba Zaratustra a aprender también del pueblo, si el pueblo aprende de Zara-
tustra?
Mas, desde que estoy entre hombres, para mí lo de menos es ver: “A éste le falta un ojo,
y a aquél una oreja, y a aquel tercero la pierna, y otros hay que han perdido la lengua o la
nariz o la cabeza”.
Yo veo y he visto cosas peores, y hay algunas tan horribles que no quisiera hablar de
todas, y de otras ni aun callar quisiera, a saber: seres humanos a quienes les falta todo,
excepto
una
cosa de la que tienen demasiado - seres humanos que no son más que un
gran ojo, o un gran hocico, o un gran estómago, o alguna otra cosa grande, - lisiados al
revés los llamo yo.
Y cuando yo venía de mi soledad y por vez primera atravesaba este puente: no quería
dar crédito a mis ojos, miraba y miraba una y otra vez y acabé por decir: “¡Esto es una
oreja!, ¡una sola oreja, tan grande como un hombre!”. Miré mejor: y, realmente, debajo
de la oreja se movía aún algo que era pequeño y mísero y débil hasta el punto de dar lás-
tima. Y verdaderamente la monstruosa oreja se asentaba sobre una pequeña varilla delga-
da - ¡y la varilla era un hombre! Quien mirase con una lente podría haber reconocido aún
un pequeño rostro envidioso; y también que en la varilla se balanceaba una hinchada al-
mita. Y el pueblo me decía que la gran oreja era no sólo un hombre, sino un gran hombre,
un genio. Mas yo jamás he creído al pueblo cuando ha hablado de grandes hombres - y
mantuve mi creencia de que era un lisiado al revés, que tenía muy poco de todo, y dema-
siado de
una
cosa.»
Cuando Zaratustra hubo dicho esto al jorobado y a aquellos de quienes éste era porta-
voz y abogado volvióse con profundo mal humor hacia sus discípulos y dijo:
«¡En verdad, amigos míos, yo camino entre los hombres como entre fragmentos y
miembros de hombres!
Para mis ojos lo
más terrible es encontrar al hombre destrozado y esparcido como sobre
un campo de batalla y de matanza.
Y si mis ojos huyen desde el ahora hacia el pasado: siempre encuentran lo mismo:
fragmentos y miembros y espantosos azares - ¡pero no hombres!
El ahora y el pasado en la tierra - ¡ay!, amigos míos - son para mí lo más insoportable;
y no sabría vivir si no fuera yo además un vidente de lo que tiene que venir.
Un vidente, un volente, un creador, un futuro también, y un puente hacia el futuro - y,
ay, incluso, por así decirlo, un lisiado junto a ese puente: todo eso es Zaratustra.