Y también vosotros os habéis preguntado con frecuencia: “¿Quién es para nosotros Za-
ratustra? ¿Cómo lo llamaremos?” Y lo mismo que yo, vosotros os habéis dado preguntas
por respuesta.
¿Es uno que hace promesas? ¿O uno que las cumple? ¿Un conquistador? ¿O un herede-
ro? ¿Un otoño? ¿O la reja de un arado? ¿Un médico? ¿O un convaleciente?
¿Es un poeta? ¿O un hombre veraz? ¿Un libertador? ¿O un domeñador? ¿Un bueno? ¿O
un malvado?
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Yo camino entre los hombres como entre los fragmentos del futuro: de aquel futuro que
yo contemplo.
Y todos mis pensamientos y deseos
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tienden a pensar y reunir en
unidad
lo
que es
fragmento y enigma y espantoso azar.
¡Y cómo soportaría yo ser hombre si el hombre no fuese también poeta y adivinador de
enigmas y el redentor del azar! Redimir a los que han pasado, y transformar todo “Fue”
en un “Así lo quise” - ¡sólo eso sería para mí redención!
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.
Voluntad - así se llama el libertador y el portador de alegría: ¡esto es lo que yo os he
enseñado, amigos mios! Y ahora aprended también esto: la voluntad misma es todavía un
prisionero.
El querer hace libres: pero ¿cómo se llama aquello que mantiene todavía encadenado al
libertador?
“Fue”: así se llama el rechinar de dientes y la más solitaria tribulación de la voluntad.
Impotente contra lo que está hecho - es la voluntad un malvado espectador para todo lo
pasado.
La voluntad no puede querer hacia atrás; el que no pueda quebrantar el tiempo ni la vo-
racidad del tiempo - ésa es la más solitaria tribulación de la voluntad.
El querer hace libres: ¿qué imagina el querer mismo para liberarse de su tribulación y
burlarse de su prisión?
¡Ay, todo prisionero se convierte en un necio! Neciamente se redime también a sí mis-
ma la voluntad prisionera.
Que el tiempo no camine hacia atrás es su secreta rabia. “Lo que fue, fue” - así se llama
la piedra que ella no puede remover.
Y así ella remueve piedras, por rabia y por mal humor, y se venga en aquello que no
siente, igual que ella, rabia y mal humor.
Así la voluntad, el libertador, se ha convertido en un causante de dolor: y en todo lo que
puede sufrir véngase de no poder ella querer hacia atrás.
Esto, sí, esto solo es la
venganza
misma: la aversión de la voluntad contra el tiempo y
su “Fue”.
En verdad, una gran necedad habita en nuestra voluntad; ¡y el que esa necedad apren-
diese a tener espíritu se ha convertido en maldición para todo lo humano!
El espíritu de la venganza:
amigos míos, sobre esto es sobre lo que mejor han reflexio-
nado los hombres hasta ahora; y donde había sufrimiento, allí debía haber siempre casti-
go.
“Castigo” se llama a sí misma, en efecto, la venganza: con una palabra embustera se
finge hipócritamente una buena conciencia.
Y como en el volente hay el sufrimiento de no poder querer hacia atrás, - por ello el
querer mismo y toda vida debían - ¡ser castigo!
Y ahora se ha acumulado nube tras nube sobre el espíritu: hasta que por fin la demencia
predicó: “¡Todo perece, por ello todo es digno de perecer!
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“Y la justicia misma consiste en aquella ley del tiempo según la cual tiene éste que de-
vorar a sus propios hijos
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”: así predicó la demencia.