Ellos se ponen en escena, se inventan a sí mismos; en su proximidad amo yo contem-
plar la vida, - se me cura así la melancolía.
Por ello trato con indulgencia a los vanidosos, pues son para mí médicos de mi melan-
colía y me atan al hombre como a un espectáculo.
Y además: ¡quién mide en el vanidoso toda la profundidad de su modestia! Yo soy bue-
no y compasivo con él a causa de su modestia.
De vosotros quiere él aprender a creer en sí mismo; se alimenta de vuestras miradas,
devora la alabanza que llega de vuestras manos.
Cree incluso vuestras mentiras, si mentís bien acerca de él: pues en lo más hondo su co-
razón suspira: «¡qué soy
yo!»
Y si la verdadera virtud es la que se ignora a sí misma: ¡el vanidoso ignora su modestia!
Y ésta es mi tercera cordura respecto a los hombres, el no permitir a vuestro temor que
me quite el gusto de contemplar a los
malvados.
Y soy feliz de ver las maravillas que un sol ardiente encoba: tigres y palmeras y ser-
pientes de cascabel.
También entre los hombres hay hermosas crías de un sol ardiente,
y muchas cosas hay
dignas de ser admiradas en los malvados.
Es cierto que así como vuestros sapientísimos no me parecen tan sabios, así también
encontré que la maldad de los hombres está por debajo de su fama
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.
Y a menudo me he preguntado, moviendo la cabeza: ¿por qué seguir cascabeleando,
serpientes de cascabel?
¡En verdad, también para el mal hay todavía un futuro! Y el sur más ardiente no ha sido
aún descubierto para el hombre.
¡Cuántas cosas llámanse ya ahora la peor de las maldades, que, sin embargo, sólo tienen
doce pies
de ancho y tres meses de duración! Alguna vez vendrán al mundo, sin embargo,
dragones mayores.
Pues para que no le falte al superhombre su dragón, el superdragón, que sea digno de
él: ¡para ello muchos soles ardientes tienen aún que abrasar la húmeda selva virgen!
Vuestros gatos salvajes tienen primero que convertirse en tigres, y vuestros sapos vene-
nosos, en cocodrilos: ¡pues el buen cazador debe tener una buena caza!
¡Y en verdad, oh buenos y justos! Muchas cosas hay en vosotros que causan risa, ¡y an-
te todo vuestro miedo de lo que hasta ahora se ha llamado «demonio»!
¡Tan extraños sois a lo grande en vuestra alma que el superhombre os resultará
temible
en su bondad!
¡Y vosotros, sabios y sapientes, huiríais de la quemadura de sol que produce la sabidu-
ría, quemadura en la que el superhombre baña con placer su desnudez!
¡Vosotros, los hombres supremos con que mis ojos tropezaron! Ésta es mi duda respec-
to a vosotros y mi secreto reír: ¡apuesto a que a mi superhombre lo llamaríais – demo-
nio!
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.
Ay, me he cansado de estos hombres, los más elevados y los mejores de todos: desde su
«altura» sentía yo deseos de marchar hacia arriba, lejos, fuera, ¡hacia el superhombre!
Un espanto se apoderó de mí cuando vi desnudos a estos hombres, los mejores de to-
dos
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: entonces me brotaron las alas para alejarme volando hacia futuros remotos.
Hacia futuros más remotos, hacia sures más meridionales que los que artista alguno
haya soñado jamás: ¡hacia allí donde los dioses se avergüenzan de todos los vestidos!
Mas a
vosotros,
prójimos y semejantes, yo os quiero ver disfrazados y bien adornados,
y vanidosos, y dignos, como «los buenos y justos». -
Y disfrazado quiero yo mismo sentarme entre vosotros, -para
conoceros mal
a vosotros
y a mí: ésta es, en efecto, mi última cordura respecto a los hombres.