Cada una de las cosas que
pueden
correr, ¿no tendrá que haber recorrido ya alguna vez
esa calle? Cada una de las cosas que
pueden
ocurrir, ¿no tendrá que haber ocurrido, haber
sido hecha, haber transcurrido ya alguna vez?
Y si todo ha existido ya: ¿qué piensas tú, enano, de este instante? ¿No tendrá también
este portón que - haber existido ya?
¿Y no están todas las cosas anudadas con fuerza, de modo que este instante arrastra tras
todas
las cosas venideras?
¿Por lo tanto - -
incluso a sí mismo?
Pues cada una de las cosas que
pueden
correr: ¡también por esa larga calle
hacia ade-
lante - tiene que
volver a correr una vez más! -
Y esa araña que se arrastra con lentitud a la luz de la luna, y esa misma luz de la luna, y
yo y tú, cuchicheando ambos junto a este portón, cuchicheando de cosas eternas - ¿no
tenemos todos nosotros que haber existido ya?
- y venir de nuevo y correr por aquella otra calle, hacia adelante, delante de nosotros,
por esa larga, horrenda calle - ¿no tenemos que retornar eternamente?» -
Así dije, con voz cada vez más queda: pues tenía miedo de mis propios pensamientos y
de sus trasfondos. Entonces, de repente, oí
aullar
a un perro cerca.
¿Había oído yo alguna vez aullar así a un perro? Mi pensamiento corrió hacia atrás. ¡Sí!
Cuando era niño, en remota infancia
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:
- entonces oí aullar así a un perro. Y también lo vi con el pelo erizado, la cabeza levan-
tada, temblando, en la más silenciosa medianoche, cuando incluso los perros creen en
fantasmas:
- de tal modo que me dio lástima. Pues justo en aquel momento la luna llena, con un si-
lencio de muerte, apareció por encima de la casa, justo en aquel momento se había dete-
nido, un disco incandescente, - detenido sobre el techo plano, como sobre propiedad aje-
na: -
esto exasperó entonces al perro: pues los perros creen en ladrones y fantasmas. Y cuan-
do de nuevo volví a oírle aullar, de nuevo volvió a darme lástima.
¿Adónde se había ido ahora el enano? ¿Y el portón? ¿Y la araña? ¿Y todo el cuchi-
cheo? ¿Había yo soñado, pues? ¿Me había despertado?
De repente
me encontré entre
peñascos salvajes, solo, abandonado, en el más desierto claro de luna.
¡Pero allí yacía por tierra un hombre!
¡Y
allí! El perro saltando, con el pelo erizado,
gimiendo, - ahora él me veía venir - y entonces aulló de nuevo,
gritó: -
¿había yo oído
alguna vez a un perro gritar así pidiendo socorro?
Y, en verdad, lo que vi no lo había visto nunca. Vi a un joven pastor retorciéndose,
ahogándose, convulso, con el rostro descompuesto, de cuya boca colgaba una pesada
serpiente negra
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.
¿Había visto yo alguna vez tanto asco y tanto lívido espanto en
un solo
rostro? Sin duda
se había dormido. Y entonces la serpiente se deslizó en su garganta y se aferraba a ella
mordiendo.
Mi mano tiró de la serpiente, tiró y tiró: - ¡en vano! No conseguí arrancarla de allí. En-
tonces se me escapó un grito: «¡Muerde! ¡Muerde!
¡Arráncale la cabeza! ¡Muerde!» - éste fue el grito que de mí se escapó, mi horror, mi
odio, mi náusea, mi lástima, todas mis cosas buenas y malas gritaban en mí con
un solo
grito. -
¡Vosotros, hombres audaces que me rodeáis! ¡Vosotros, buscadores, indagadores, y
quienquiera de vosotros que se haya lanzado con velas astutas a mares inexplorados!
¡Vosotros, que gozáis con enigmas!
¡Resolvedme, pues, el enigma que yo contemplé entonces, interpretadme la visión del
más solitario!
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