ángel habría de tener sin duda un aspecto similar. Y con esto toco el problema de la raza. Yo soy un
aristócrata polaco
pur sang
[pura sangre], al que ni una sola gota de sangre mala se le ha mezclado, y
menos que ninguna, sangre alemana. Cuando busco la antítesis más profunda de mí mismo, la incalculable
vulgaridad de los instintos, encuentro siempre a mi madre y a mi hermana. Creer que yo estoy emparentado
con tal
canaille
[gentuza] sería una blasfemia contra mi divinidad. El trato que me dan mi madre y mi
hermana, hasta este momento, me inspira un horror indecible: aquí trabaja una perfecta máquina infernal,
que conoce con seguridad infalible el instante en que es posible herirme cruentamente, en mis instantes
supremos, pues entonces falta toda fuerza para defenderse contra gusanos venenosos. La contigüidad
fisiológica hace posible tal
disharmonia praestabilita
[desarmonía preestablecida] Confieso que la objeción
más honda contra el «eterno retorno», que es mi pensamiento auténticamente abismal
,
son siempre mi
madre y mi hermana. Mas también en cuanto polaco soy yo un atavismo inmenso. Siglos habría que
retroceder para encontrar a esta raza, la más noble que ha exis tido en la tierra, con la misma pureza de
instintos con que yo la represento. Frente a todo lo que hoy se llama
noblesse
[aristocracia] abrigo yo un
soberano sentimiento de distinción; al joven
kaiser
alemán no le concedería yo el honor de ser mi cochero.
Existe un solo caso en que yo reconozco a mi igual, lo confieso con profunda gratitud. La señora Cósima
Wagner es, con mucho, la naturaleza más aristocrática; y, para no decir una palabra de menos, afirmo que
Richard Wagner ha sido, con mucho, el hombre más afín a mí. Lo demás es silencio. Todos los conceptos
dominantes acerca de grados de parentesco son un insuperable contrasentido fisiológico. El Papa hace
negocio todavía hoy con ese contrasentido. Con quien menos
se está emparentado es con los propios
padres: estar emparentado con ellos constituiría el signo extremo de vulgaridad. Las naturalezas superiores
tienen su origen en algo infinitamente anterior y para llegar a ellas ha sido necesario estar reuniendo,
ahorrando, acumulando durante larguísimo tiempo. Los grandes individuos son los más antiguos: yo no lo
entiendo, pero Julio César podría ser mi padre, o Alejandro, ese Dioniso de carne y hueso. En el instante en
que escribo esto me trae el correo una cabeza de Dioniso.
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No he entendido jamás el art e de predisponer a los demás contra mí –también esto lo debo a mi
incomparable padre– ni aun en los casos en que ello me parecía de gran valor. Ni siquiera yo he estado
nunca predispuesto contra mí, aunque ello pueda parecer muy poco cristiano. Puede darse la vuelta a mi
vida por un lado y por otro, en ella no se encontrarán, descontado aquel único caso, huellas de que alguien
haya abrigado una voluntad malvada contra mí, pero sí, tal vez, demasiadas huellas de buena
voluntad. Mis
exp erie ncias, incluso con personas con quienes todo el mundo tiene malas experiencias, hablan siempre sin
excepción en favor de ellas; yo domestico a todos los osos, yo vuelvo educados incluso a los bufones.
Dura nte los siete años en que yo ens eñé griego en la clase superior del Pádagogium de Basilea no tuve
ningún pretexto para imponer castigo alguno; los alu mnos más holgazanes se volvían laboriosos conmigo.
Siempre estoy a la altura del azar; para ser dueño de mí he de estar desprevenido. Sea cual sea el
instrumento, y aunque esté tan desafinado como sólo el instrumento «hombre» puede llegar a estarlo,
enfermo tendría yo que encontrarme para no conseguir arrancar de él algo digno de ser escuchado. Y
cuántas veces he oído decir a los propios «instrumentos» que nunca antes se habían escuchado ellos así de
ese modo. Quizás a quien más bellamente se lo oí decir fue a Heinrich von Stein, muerto
imperdonablemente joven, quien en una ocasión, tras haber solicitado y obtenido cuidadosamente permiso,
apareció por tres días en Sils -María declarando a todo el mundo que él no
venía a causa de la Engadina.
Esta excelente persona, que se había zambullido en la ciénaga de Wagner –¡y además también en la de
Dühring!– con toda la impetuosa simpleza de un
Junker
[hidalgo] prusiano, quedó como transformado
durante aquellos tres días por un vend aval de libertad, semejante a alguien que de repente es elevado hasta
su altura y a quien le crecen alas. Yo no dejaba de decirle que esto se debía al buen aire de aquí arriba y que
le pasaba a todo el mundo, pues no en vano se está a seis mil pies por encima de Bayreuth, pero no quería
creérmelo. Si, a p esar de todo, se han cometido conmigo algunas infamias pequeñas y grandes, el motivo de
cometerlas no fue «la voluntad» y mucho menos la voluntad malvada
:
tendría que quejarme más bien –
acabo de insinuarlo-- de la buena voluntad, la cual ha producido en mi vida trastornos nada pequeños. Mis
experiencias me dan derecho a desconfiar en general de los llamados impu lsos «desinteresados», de todo el
«amor al prójimo», siempre dispuesto a dar consejos y a intervenir. Lo considero en sí como debilidad,
como caso particular de la incapacidad para resistir a los estímulos, sólo entre los decadentes se califica de
virtud a la compasión. A los compasivos yo les reprocho el que con facilidad pierden el pudor, el respeto, el
sentimiento de delicadeza ante las distancias, el que la compasión apesta enseguida a plebe y se asemeja a
los malos modales, hasta el punto de confundirse con ellos; el que, en ocasiones, ma nos compasivas pueden
ejercer una influencia verdadera mente destructora en un gran destino, en un aislamiento entre heridas, en
un privilegio
a la culpa grave. Cuento entre las virtudes aristocráticas
la superación de la compasión: con el
título «La tentación de Zaratustra» he descrito poéticamente un caso en el cual un gran grito de socorro
llega hasta él cuando la compasión, como un pecado último, quiere asaltarlo y hacerlo infiel a sí mismo
.