para el heroísmo. El
tempo
[ritmo] del metabolismo mantiene una relación precisa con la movilidad o la
torpeza de los pies
del espíritu; el «espíritu» mismo, en efecto, no es más que una especie de ese
metabolismo. Examinemos en qué lugares hay y ha habido hombres ricos de espíritu, donde el ingenio, el
refinamiento, la maldad formaban parte de la felicidad, donde el genio tuvo su hogar de manera casi
necesaria: todos ellos poseen un aire magníficamente seco. París, la Provenza, Florencia, Jerusalén,
Atenas... estos nombres demuestran una cosa: el genio está condicionado
por el aire seco, por el cielo puro,
es decir, por un metabolismo rápido, por la posibilidad de recobrar una y otra vez cantidades grandes,
incluso gigantescas, de fuerza. Tengo ante mis ojos un caso en que un espíritu dotado de una constitución
notable y libre se volvió estrecho, encogido, se convirtió en un especialista y en un avinagrado, meramente
por falta de finura de ins tintos en asuntos climáticos. Y yo mismo habría acabado por poder convertirme en
ese caso si la enfermedad no me hubiera forzado a razonar, a reflexionar sobre la ra zón que hay en la
realidad. Ahora que, tras prolongada ejercitación, leo en mí mismo como en un instrumento muy delicado y
fiable los influjos de origen climático y meteorológico, y ya en un pequeño viaje, de Turín a Milán por
ejemplo, calculo fisiológicamente en mí la variación de grados en la humedad del aire, pienso con terror en
el hecho siniestro
de que mi vida, exceptuando estos diez últimos años, no ha transcurrido más que en
lugares falsos y realmente prohibidos
para mí. Naumburgo, Schulpforta, Turin gia en general, Leipzig,
Basilea… otros tantos lugares nefastos para mi fisiología. Si yo no tengo ni un solo recuerdo agradable de
mi infancia ni de mi juventud, sería una estupidez aducir aquí las llamadas causas «morales», por ejemplo,
la indiscutible falta de comp añía adecuada
,
pues esta falta existe ahora como ha existido siempre, sin que
ella me impida ser jovial y valiente. La ignorancia
in physiologicis
[en cuestiones de fisiología] –el maldito
«idealismo»– es la auténtica fatalidad en mi vida, lo superfluo y estúpido en ella, algo de lo que no salió
nada bueno y para lo cual no hay ninguna compensación, ningún descuento. Por las consecuencias de este
«idealismo» me explico yo todos los desaciertos, todas las grandes aberraciones del instinto y todas las
«modestias» que me han apartado de la tarea
de mi vida; así, por ejemplo, el haberme hecho filólogo; ¿por
qué no, al menos, médico o cualquier otra cosa que abra los ojos? En mi época de Basilea toda mi dieta
espiritual, incluida la distrib ución de la jornada, fue un desgaste completamente insensato de fuerzas
extraordinarias, sin tener una recuperación de ellas que cubriese de alguna manera aquel consumo, sin
siquiera reflexionar sobre el consumo y su compensación. Faltaba todo cuidado de sí un poco más delicado,
toda
protección
procedente de un instinto que impart iese órdenes, era un equipararse a cualquiera, un
«desinterés», un olvidar la distancia propia, algo que no me perdonaré jamás. Cuando me encontraba casi al
final comencé a reflexionar, por el
hecho
de encontrarme así, sobre esta radical sinrazón de mi vida. el
«idealismo». la enfermedad
fue lo que me condujo a la razón.
3
La elección en la alimentación; la elección de clima y lugar; la tercera cosa en la que por nada del mundo
es licito come ter un desacierto es la elección de la especie propia de recrearse
.
También aquí los límites de
lo permitido, es decir, de lo útil
a un espíritu que sea
sui generis
[peculiar] son estre chos, cada vez más
es trechos. En mi caso toda lectura
forma parte de mis recreaciones: en consecuencia, forma parte de
aquello que me libera a mí de mí, que me permite ir a pasear por ciencias y almas extrañas, cosa que yo no
tomo ya en serio. La lectura me recrea precis amente de mi
seriedad. En épocas de profundo trabajo no se ve
libro alguno cerca de mí; me guardaría bien de dejar hablar y aun menos pensar a alguien cerca de mí. Y
esto es lo que significaría, en efecto, leer. ¿Se ha observado realmente que, en aquella profunda tensión a
que el embarazo condena al espíritu y, en el fondo, al organismo entero, ocurre que el azar, que toda
especie de estímulo venido de fuera influyen de un modo demasiado vehemente, «golpean» con demasiada
profundidad? Hay que evitar en lo posible el azar, el estímulo venido de fuera; un emparedarse dentro de sí
forma parte de las prime ras corduras instintivas del embara zo espiritual. ¿Permitiré que un pensamiento
ajeno
escale secretamente la pared? Y esto es lo que significaría, en efecto, leer. A las épocas de trabajo y
fecundidad sigue el tiempo de recrearse: ¡acercaos, libros agradables, ingeniosos, inteligentes! ¿Serán libros
alemanes? Tengo que retroceder medio año para sorprenderme con un libro en la mano. ¿Cuál era? Un
magnífico estudio de Víctor Brochard,
Les Sceptiques Grecs
[Los escépticos griegos], en el que se utilizan
mucho también mis
Laertiana
[Estudios sobre Laercio] ¡Los escépticos, el único tipo respetable
entre el
pueblo de los filósofos, pueblo de doble y hasta de quíntuple sentido! Por lo demás, casi siempre me
refugio en los mismos libros, un número pequeño en el fondo, que han demostrado
estar hechos precisa-
mente para mí. Acaso no esté en mi naturaleza el leer mu chas y diferentes cosas: una sala de lectura me
pone enfermo. Tampoco está en mi naturaleza el amar muchas o diferentes cosas. Cautela, incluso
hostilidad contra libros nuevos forman parte de mi instinto, antes que «tolerancia»,
largeur de cceur
[amplitud de corazón] y cualquier otro «amor al prójimo» En el fondo yo retorno una y otra vez a un
pequeño número de franceses antiguos: creo únicamente en la cultura francesa y considero un
malentendido todo lo demás que en Europa se autodenomina «cultura», para no hablar de la cultura
alemana. Los pocos casos de cult ura elevada que yo he encontrado en Alemania eran todos de procedencia