Después de esto estuve enfermo en Génova algunas semanas. Siguió luego una melancólica primavera en
Roma, donde di mi aceptación a la vida; no fue fácil. En el fondo me disgustaba sobremanera aquel lugar,
el más indecoroso de la Tierra para el poeta creador del
Zaratustra,
y que yo no había escogido
voluntariamente; intenté evadirme, quise ir a Aquila
,
ciudad antítesis de Roma, fundada por hos tilidad
contra Roma, como yo fundaré algún día un lugar, ciudad recuerdo de un ateo y enemigo de la Iglesia
comme il faut
[c omo debe ser], de uno de los seres más afines a mí, el gran emperador de la dinastía de
Hohenstaufen, Federico II. Pero había una fatalidad en todo esto: tuve que regresar. Finalmente me di por
contento con la
piazza Barberini,
después de que mi esfuerzo por encontrar un lugar anticristiano
hubiera
llegado a cansarme. Temo que en una ocasión, para escapar lo más posible a los malos olores, fui a
preguntar en el propio
palazzo del Quirinale si
no tenían una habitación silenciosa para un filósofo. En una
loggia
situada sobre la mencionada
piazza,
desde la cual se d omina Roma con la vista y se oye allá abajo en
el fondo murmurar la
fontana,
fue compuesta aquella canción, la más solitaria que jamás se ha compuesto,
La canción de la noche;
por este tiempo rondaba siempre a mi alrededor una melodía indeciblemente
melancólica, cuyo estrib illo reencontré en las palabras «muerto de inmortalidad.» En el verano, habiendo
vuelto al lugar sagrado en que había refulgido para mí el primer rayo del pensamiento de Zaratustra,
encontré el segundo
Zaratustra.
Diez días bastaron; en ningún caso, ni en el primero, ni en el tercero y
ultimo, he empleado más tiempo. Al invierno siguiente, bajo el cielo alciónico de Niza, que entonces res -
plandecía por vez prime ra en mi vida, encontré el tercer
Za ratustra
y había concluido. Apenas un año,
calculando en conjunto. Muchos escondidos rincones y alturas del paisaje de Niza se hallan santificados
para mí por in stantes inolvidables; aquel pas aje decisivo que lleva el título «De tablas viejas y nuevas» fue
compuesto durante la fatigosísima subida desde la estación al maravilloso y morisco nido de águilas que es
Eza. La agilidad muscular era siempre máxima en mí cuando la fuerza creadora fluía de manera más
abundante. El
cuerpo
está entusiasmado: dejemos fuera el «alma.» A menudo la gente podía verme bailar;
sin noción siquiera de cansancio podía yo entonces caminar siete, ocho horas por los montes. Dormía bien,
reía mucho, poseía una robustez y una paciencia perfectas.
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Prescindiendo de estas obras de diez días, los años del
Zaratustra y
sobre todo los siguientes
representaron
un estado de miseria sin igual. Se paga caro el ser inmortal: se muere a causa de ello varias veces durante la
vida. Hay algo que yo denomino la
rancune
[rencor] de lo grande: todo lo grande, una obra, una acción, se
vuelve, inmediatamente de acabada, contra
quien la hizo. Éste se encuentra entonces débil
justo por
haberla hecho, no soporta ya su acción, no la mira ya a la cara. Tener detrás
de sí algo que jamás fue licito
querer, algo a lo que está atado el nudo del destino de la huma nidad ¡y tenerlo ahora encima
de sí! Casi
aplasta. ¡La
rancune
[rencor] de lo grande! Una segunda cosa es el es pantoso silencio que se oye alrededor.
La soledad tiene siete pieles; nada pasa ya a través de ellas. Se va a los hombres, se saluda a los amigos:
nuevo desierto, ninguna mirada saluda ya. En el mejor de los casos, una especie de rebelión. Tal re belión la
advertí yo en grados muy diversos, pero en casi todo el mundo que se hallaba cerca de mí; parece que nada
ofende más hondo que el hacer notar de repente una distancia, las naturalezas aristocráticas
,
que no saben
vivir sin venerar, son escasas. Una tercera cosa es la absurda irritabilidad de la piel a las pequeñas
picaduras, una especie de desamparo ante todo lo pequeño. Esto me parece estar condicionado por el
inme nso derroche de todas las energías defensivas que cada acción creadora
,
cada acción nacida de lo más
propio, de lo más íntimo, de lo más profundo, tiene como presupuesto. Las pequeñas
capacidades
defensivas quedan de este modo en suspenso, por así decirlo: ya no afluye a ellas fuerza alguna. Me atrevo
a sugerir que uno digiere peor, se mueve a disgusto, está demasiado expuesto a sentimientos de escalofrío,
incluso a la des confianza, a la desconfianza, que es en muchos casos un mero error etioló gico. Hallándome
en un estado semejante, yo advertí en una ocasión la proximidad de un rebaño de vacas, antes de haberlo
visto, por el retorno de pensamientos más suaves, más humanitarios: aquello
tiene en sí calor.
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Esta obra ocupa un lugar absolutamente aparte. Dejemos de lado a los poetas: acaso nunca se haya hecho
nada desde una sobreabundancia igual de fuerzas. Mi concepto de lo «dionisiaco» se volvió aquí acción
suprema
;
medido por ella, todo el resto del obrar humano aparece pobre y condicionado. Decir que un
Goethe, un Shakespeare no podrían respirar un solo instante en esta pasión y esta altura gigantescas, decir
que Dante, comparado con
Zaratustra
, es meramente un creyente y no alguien que crea
por vez primera la
verdad, un espíritu que gobierna el mundo
,
un destino, decir que los poetas del
Veda
son sacerdotes y ni
siquiera dignos de desatar las sandalias de un
Zaratustra
, todo eso es lo mínimo que puede decirse y no da
idea de la distancia, de la soledad azul
en que esta obra vive.
Zar atustra
tiene eterno derecho a decir: «Yo
trazo en torno a mí círculos y fronteras sagradas; cada vez es menor el número de quienes conmigo suben
hacia montañas cada vez más altas, yo construyo una cordillera con montañas más santas cada vez.»
Súmense el espíritu y la bondad de todas las almas grandes: todas juntas no estarían en condiciones de