final, la vida eterna).
Este mundo, de pura ficción, se distingue perjudicialmente del
mundo de los sueños, en que desvalora, niega la realidad. En cuanto el
concepto de naturaleza fue encontrado como opuesto al de Dios, la
palabra natural debía ser sinónima de reprobable; todo aquel mundo de
ficción tiene su raíz en el odio contra lo natural (contra la realidad); es
la expresión de un profundo disgusto de la realidad... Pero con esto todo
queda explicado. ¿Quién es el que tiene motivos pasa salir, con una
mentira de la realidad? El que sufre por ella. Pero sufrir por la realidad
significa ser una realidad mal lograda...
El predominio de los sentimientos de desplacer sobre los de placer
es la causa de aquélla moral y aquella religión ficticias; pero ese
predominio suministra la fórmula de la decadencia.
16
La critica del concepto cristiano de Dios nos lleva a idéntica
conclusión. En este concepto venera el cristiano las condiciones en
virtud de las cuales se distinguen sus propias virtudes; proyecta el goce
que encuentra en si mismo su sentimiento de poderlo en un ser al cual
pueda estar agradecido por estas cualidades. Quien es rico quiere
donar; un pueblo feroz tiene necesidad de un Dios para hacer
sacrificios... La religión, dentro de estas mismas premisas, es una forma
de gratitud. Se es reconocido consigo mismo; para esto se tiene
necesidad de un Dios. Un Dios semejante debe poder ayudar y
damnificar, debe ser amigo y enemigo; se le admira en el bien como en
el mal.
La castración, contraria a la naturaleza, de un Dios para hacer de
él un Dios sólo del bien, estaría aquí fuera de toda deseabilidad. Hay
necesidad del Dios malo tanto como del Dios bueno; no se debe la
propia existencia precisamente a la tolerancia, a la filantropía... ¿Qué
importancia tendría un Dios que no conociera la cólera, la venganza, la
envidia, el escarnio. la violencia? ¿Que no conociera ni siquiera los
fascinadores apasionamientos de la victoria y del aniquilamiento?
Semejante Dios no se concebiría: ¿qué objeto tendría? Claro está que
cuando un pueblo perece, cuando siente desvanecerse definitivamente
la fe en su porvenir, la esperanza en su libertad; cuando la sujeción le
parece la primera utilidad y las virtudes del esclavo son para él
condiciones de conservación, entonces su Dios también debe
transformarse. Entonces se hace astuto, miedoso, modesto, aconseja la
paz del alma, el no odiar, la indulgencia hasta el amor del amigo y del
enemigo. Moraliza siempre, se arrastra en la caverna de las virtudes
privadas, se convierte en Dios para todos, se hace un hombre privado,