ENERO: EL PORTENTO
Se
han marchitado los laureles de nuestro país y los meteoros hacen que se oculten de
espanto las estrellas fijas en el cielo. La Luna, de pálido rostro, lanza resplandores
sangrientos sobre la tierra, y los profetas de semblante escuálido cuchichean anuncios de
cambios terribles. Signos son éstos que presagian la muerte o la caída de los reyes.
William Shakespeare,
El rey Ricardo II
El Mercedes azul ingresó en el amplio camino circular de la mansión de Beverly Hills
exactamente a las seis y cinco. Era muy comprensible que Julia Sutter se quedara
sorprendida.
—¡Dios mío, George, si es Tim! Y a la hora en punto.
George Sutter se aproximó a la ventana, donde estaba ella. Sí, aquel era el coche de
Tim. Soltó un gruñido y volvió al bar. Las fiestas de su mujer eran siempre
acontecimientos importantes, y él no comprendía que, después de varias semanas de
cuidadosa preparación, Julia temiera tanto que nadie se presentase. Era una psicosis tan
familiar que debería existir un nombre con que designarla.
Pero allí estaba Tim Hamner, y puntual. Aquello era extraño. La fortuna de Tim se
remontaba a la tercera generación. Una fortuna antigua, según el criterio de Los Angeles,
y una fortuna muy considerable. Tim sólo acudía a las fiestas cuando le apetecía.
El arquitecto de los Sutter había sido un entusiasta del hormigón. La casa tenía muros
y ángulos cuadrados, y en los jardines había estanques de formas irregulares,
suavemente curvadas. No era una arquitectura extraña para Beverly Hills, pero sorprendía
a los visitantes del Este. A la derecha había un chalet en el estilo tradicional de Monterrey,
de estuco blanco y rojos tejados, y a la izquierda un castillo normando trasplantado a
California como por arte de magia. La mansión de los Sutter estaba situada a una buena
distancia de la calle, de modo que parecía divorciada de las altas palmeras que los
prohombres municipales habían decretado para aquella zona de Beverly Hills. Un largo
camino curvo conducía a la casa. En el porche, ocho diligentes jóvenes, con chaquetas
rojas, se ocupaban del aparcamiento.
Hamner dejó el motor en marcha y bajó del coche. Sonó el dispositivo que advertía de
que había dejado puesta la llave de contacto. De ordinario, Tim habría soltado una
maldición, pero esta vez ni se dio cuenta. Sus ojos tenían una expresión soñadora. Dio
unas palmaditas en el bolsillo de la chaqueta y luego deslizó la mano en su interior. El
joven encargado del aparcamiento vaciló. Normalmente, la gente no daba propina hasta
que se iba. Hamner echó a andar, con su expresión soñadora, y el muchacho se marchó
con el vehículo.
Hamner volvió la cabeza para mirar a los jóvenes de las chaquetas rojas y se preguntó
si alguno de ellos estaría interesado por la astronomía. Casi siempre eran estudiantes de
la UCLA o la Universidad de Loyola. Tal vez... Decidió que no, aunque de mala gana, y
entró en la casa, llevándose de vez en cuando la mano al bolsillo para hacer crujir el
telegrama entre sus dedos.
Las grandes puertas dobles daban a una enorme área que abarcaba toda la casa.
Amplios arcos, bordeados de ladrillo rojo, separaban la entrada del resto de la casa: una
mera sugerencia de paredes entre estancias. El suelo, continuo en todo el amplio espacio,
estaba compuesto por baldosas marrones con brillantes dibujos incrustados. De más de
doscientos invitados que se esperaban, menos de una docena se agrupaban cerca del
bar. Su conversación era animada y alegre, en un tono más alto de lo necesario. Parecían
aislados en aquel espacio vacío, sólo ocupado por todas aquellas mesas con velas y
manteles lujosos. Había casi tantos sirvientes uniformados como invitados. Hamner no
observó nada de esto. Estaba acostumbrado a ello desde niño.