El viento cálido y seco conocido como Santa Ana barrió las colinas de Los Angeles,
limpiando a la ciudad de humo y niebla. Al caer la tarde, las luces titilaron con una
brillantez desusada. Los ocupantes del Coronado verde que corría con las ventanillas
abiertas disfrutaban del agradable clima veraniego en pleno enero. Eran Harvey Randall y
su esposa Loretta. Cuando llegaron a la casa de Sutter, Harvey entregó el coche al
sirviente de chaqueta roja y aguardó, mientras Loretta componía su sonrisa, antes de
cruzar las grandes puertas de entrada.
Les esperaba la habitual escena multitudinaria de una fiesta en Beverly Hills. Un
centenar de personas diseminadas entre las mesitas y otro centenar dividido en grupos.
En un ángulo, unos mariachis tocaban una alegre música de fondo, y el cantante, a pesar
de que no tenía micrófono, se desenvolvía bastante bien, informando a todo el mundo
sobre el estado de su corazón. Los recién llegados saludaron a sus anfitriones y se
separaron. Loretta encontró en seguida alguien con quien conversar, y Harvey localizó el
bar buscando la mayor aglomeración de gente. Recogió dos gintonics mientras
fragmentos de conversación rebotaban a su alrededor.
—Le tenemos prohibido que pise la alfombra blanca, y él obedece. El otro día tenía al
gato inmovilizado en medio de la alfombra y él recorría su perímetro una y otra vez, como
un centinela...
—...una chica preciosa sentada delante de mí, en el avión. Un verdadero bombón,
aunque todo lo que podía verle era la cabellera y la parte posterior de la cabeza. Estaba
pensando en la manera de entrar en contacto con ella cuando se volvió y dijo: «¡Tío Pete!
¿Qué estás haciendo aquí?»
—...¡Ya lo creo que es una gran ayuda! Cuando llamo y digo que soy el concejal
Robbins, todos los caminos se allanan. Ni uno de mis clientes ha perdido una buena
opción desde que el alcalde me nombró.
Aquellos retazos de conversación se quedaban grabados en la mente de Harvey
Randall. No podía evitar prestarles atención, ni tampoco quería evitarlo: era una
deformación profesional, propia de su trabajo en una emisora de televisión. La gente le
fascinaba. Le hubiera gustado saber las reacciones que aquellas frases despertaban en
otras mentes.
Miró a su alrededor, en busca de Loretta, pero ella era demasiado baja para destacar
entre aquella muchedumbre. En cambio vio la cabeza de Brenda Tey, inconfundible por
su peinado alto y el color del pelo, de un rojo anaranjado poco convincente. Era la mujer
que había hablado con Loretta antes de que Harvey se dirigiera al bar, y él empezó a
abrirse camino entre el mar de brazos que sostenían vasos con bebidas.
—¡Veinte mil millones de dólares y todo lo que conseguimos es un montón de piedras!
—oyó decir a alguien—. Esos cohetes inmensos no son más que miles de millones tirados
al agua. ¿Por qué gastar todo ese dinero en aventuras espaciales cuando podríamos
ser...?
—No digas tonterías —le interrumpió Harvey.
George Sutter se volvió, sorprendido.
—Oh, hola, Harv. Ocurrirá lo mismo con esa lanzadera espacial, ni más ni menos.
Dinero y más dinero tirado por la ventana.
—Está usted muy equivocado —terció una voz clara, dulce y penetrante, que
interrumpió la perorata de George, reclamando atención. George se detuvo a mitad de la
frase.
Harvey descubrió a una pelirroja espectacular, con un atrevido vestido de noche verde,
que sostuvo su mirada e hizo que él la apartara primero.
—¿Está usted de acuerdo en que dice tonterías? —preguntó Harvey sonriente.
—He dicho, con un poco más de tacto, que está equivocado —replicó ella,
devolviéndole la sonrisa. Entonces volvió al ataque—: Señor Sutter, la NASA no invirtió el
dinero del Apolo en maquinaria, sino que pagamos la investigación para construirla, y