—Humm. —Rick examinó con la espátula una de las hamburguesas. Estaba casi
hecha—. No creo que nos enviaran a los dos. Tú irías primero.
Baker se encogió de hombros.
—Yo tampoco entiendo cómo lo hacen. Nunca he comprendido como logré ir en el
Skylab.
—Esta misión es muy adecuada para ti —dijo Rick—. Tienes experiencia en trabajos
de reparación en el espacio. Y esta vez lo van a decidir rápido, pues no hay tiempo para
hacer todas las pruebas. Sería lógico que te eligieran.
Gloria asintió, así como los demás, que escuchaban atentamente. Luego volvieron a
sus conversaciones. Johnny Baker engulló su cerveza, ocultando una expresión de alivio.
Si a ellos les parecía lógico, probablemente también se lo parecía al Departamento
Astronáutico de Houston.
—Sin embargo, os traigo algo de lo que se dice en Washington. No es oficial, pero sí
de fiar. Los rusos van a enviar una mujer.
Se hizo un profundo silencio entre los presentes.
—Se llama Leonilla Malik. Es doctora en medicina, de modo que no tendremos
necesidad de llevar un médico con nosotros. —Johnny Baker alzó la voz para que todos
le oyeran—. Es definitivo: los rusos envían a esa astronauta, y nosotros ensamblaremos
con su Soyuz. La fuente que me ha proporcionado esta información es confidencial, pero
digna de toda confianza.
Drew Welling fue el único que habló.
—Tal vez piensen que tienen algo que demostrar.
—Quizá nosotros también —replicó alguien.
Rick sintió como si algo estallara suavemente en su estómago. Nadie le había
prometido nada en absoluto, pero hasta aquel momento no había sido consciente de ello.
—¿Por qué de repente todo el mundo me mira?
—Se te están quemando las hamburguesas —dijo Johnny.
Rick miró la carne humeante y dijo:
—Arded, pequeñas, arded.
A las tres de la madrugada Loretta Randall oyó extraños ruidos en la cocina y fue a ver
qué ocurría.
El periódico del día anterior estaba extendido sobre el suelo. El mayor de sus moldes
rectangulares para pasteles estaba en el medio, lleno con una capa de harina, que se
había extendido por el periódico y más allá de sus bordes. Harvey arrojaba algo al interior
del molde. Parecía cansado y triste.
—¡Dios mío, Harvey! —exclamó Loretta—. ¿Qué estás haciendo?
—Hola. Mañana vendrá la señora de la limpieza, ¿no?
—Sí, claro, es viernes, pero ¿qué va a pensar?
—El doctor Sharps dice que todos los cráteres son circulares. —Harvey alzó la mano
por encima del molde, con una nuez entre los dedos, que dejó caer. La harina se
esparció—. Sea cual sea la velocidad o la masa o el ángulo de vuelo de un meteoro, deja
un círculo. Creo que tiene razón.
La harina estaba desparramada junto con guisantes y piedrecillas. Un pesacartas había
dejado un círculo del tamaño de un plato, que ya estaba casi borrado bajo cráteres más
pequeños. Harvey retrocedió, se agachó y lanzó un tapón de botella en un ángulo bajo. La
harina se esparció por el papel. El nuevo cráter era un círculo.
Loretta suspiró, convencida de que su marido estaba majareta.
—Pero, Harvey, ¿por qué haces esto? ¿Sabes la hora que es?
—Y si tiene razón, entonces...
Harvey echó un vistazo al globo terráqueo que había traído de su despacho, sobre el
que había trazado círculos con rotulador: el mar de Japón, la bahía de Bengala, el arco de