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correspondientes. Las municiones eran tan escasas que cada recién llegado apenas
recibía cincuenta cargas, la mayoría de ellas de muy mala calidad. Los cartuchos de
fabricación española eran todos usados y vueltos a cargar y atascaban el mejor de
los fusiles. En cambio, los mexicanos eran superiores, por lo cual eran reservados
para las ametralladoras. La mejor munición era la de origen alemán, pero como ésta
provenía únicamente de los prisioneros y desertores, no abundaba demasiado. Yo
tenía siempre en el bolsillo un paquete de cartuchos alemanes o mexicanos para
utilizar en caso de emergencia. Pero, en la práctica, si se llegaba a producir una
emergencia, casi nunca disparaba mi fusil: tenía demasiado miedo de que se trabara
aquel maldito trasto y quería reservar por lo menos una carga que disparase de
verdad. No teníamos cascos ni bayonetas, carecíamos de revólveres o pistolas y no
había más que una granada por cada cinco o diez hombres. La granada utilizada en
esa época era un objeto terrorífico conocido como «granada FM», inventada por los
anarquistas en los primeros días de la guerra. Se basaba en el principio de una
bomba Milís, pero la palanca no estaba sostenida por un seguro, sino por un trozo de
cinta adhesiva. Al arrancar la tira había que librarse de ella a la mayor velocidad
posible. Se decía que estas granadas eran «imparciales»: mataban tanto al enemigo
como a quien las arrojaba. Disponíamos de varios tipos más, incluso más primitivos,
pero probablemente algo menos peligrosos... para el que tiraba, por supuesto. Hasta
finales de marzo no vi una granada digna de tal nombre.
A la escasez de armas se sumaba la de todos los otros elementos de
importancia en una guerra. No teníamos mapas ni planos, por ejemplo. En España
nunca se había hecho un registro cartográfico completo, y los únicos mapas
detallados de esa zona eran los viejos mapas militares, casi todos en poder de los
fascistas. No contábamos con telémetros, telescopios, periscopios, prismáticos —
excepto unos pocos de propiedad privada—, luces de Bengala o Veri, tenazas para
cortar las alambradas, herramientas de armero, ni tampoco siquiera con material de
limpieza. Los españoles no parecían haber oído hablar nunca de una baqueta y me
observaron sorprendidos mientras yo la fabricaba. Cuando uno quería limpiar el fusil,
lo llevaba al sargento, quien poseía una larga varilla de latón invariablemente torcida
que, por lo tanto, raspaba el cañón. Ni siquiera había aceite para las armas. Eran
lubricadas con aceite de oliva, cuando se podía conseguir. En distintas ocasiones
tuve que engrasar el mío con vaselina, con crema para el cutis y hasta con tocino.
Además, no teníamos faroles ni linternas. Creo que en todo nuestro sector no había
nada parecido a una linterna eléctrica, y el sitio más cercano donde se podía
conseguir una era Barcelona, y eso no sin dificultades.
A medida que transcurría el tiempo y los aislados disparos de fusil resonaban
entre las colinas, comencé a preguntarme con creciente escepticismo si alguna vez
ocurriría algo que proporcionara un poco de vida, o más bien un poco de muerte, a
esa extravagante guerra. Luchábamos contra la pulmonía, no contra hombres.
Cuando las trincheras están separadas por más de quinientos metros, nadie resulta
herido si no es por casualidad. Desde luego, había bajas, pero en su mayoría no
eran causadas por el enemigo. Si la memoria no me engaña, los primeros cinco
heridos que vi en España debían sus lesiones a nuestras propias armas, y no quiero
decir que fueran intencionadas, desde luego, sino producto de un accidente o
descuido. Nuestros gastados fusiles constituían un verdadero peligro. Algunos de