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exigía la entrega de la Telefónica, exigencia que, desde luego, fue rechazada.
Mientras nos dirigíamos calle abajo, un camión repleto de anarquistas
armados pasó a toda velocidad en dirección opuesta. En la parte delantera se veía a
un jovencito desarrapado, echado sobre una pila de colchones tras una
ametralladora ligera. Cuando llegamos al hotel Falcón, al final de las Ramblas, una
multitud en ebullición ocupaba el vestíbulo de la entrada. Reinaba gran confusión,
nadie parecía saber qué se esperaba de ellos y sólo estaba armado el puñado de
tropas de choque que normalmente cuidaba el edificio. Crucé hasta el Comité Local
del POUM, situado casi enfrente. Arriba, en la habitación donde los milicianos
habitualmente recibían su paga, había otro grupo numeroso presa de la agitación.
Un hombre alto, pálido, buen mozo, de unos treinta años, vestido de civil, trataba de
restablecer el orden mientras repartía cinturones y cajas de cartuchos apiladas en un
rincón. No parecía haber ningún fusil. El médico había desaparecido —creo que ya se
habían producido bajas y se había llamado a los médicos—, pero había llegado otro
inglés. Luego, de una oficina interna, el hombre alto y algunos otros salieron con los
brazos llenos de fusiles y comenzaron a distribuirlos. El otro inglés y yo, en tanto que
extranjeros, resultábamos algo sospechosos y, al principio, nadie quería darnos un
arma. Entonces llegó un miliciano, compañero en el frente, que me reconoció,
después de lo cual nos entregaron, aunque de mala gana, dos fusiles y algunos
cargadores.
Continuaban los disparos en la distancia y las calles estaban desiertas. Se
afirmaba que era imposible subir por las Ramblas. Los guardias civiles habían
ocupado edificios en posiciones dominantes y disparaban contra todos los que
pasaban. Yo me hubiera arriesgado a regresar al hotel, pero circulaba el vago rumor
de que el Comité Local sería atacado en cualquier momento y convenía quedarse
por allí. En todo el edificio, en las escaleras y hasta en la acera, en la calle,
pequeños grupos de gente aguardaban de pie hablando con excitación. Nadie
parecía tener una idea muy clara de lo que ocurría. Sólo pude deducir que los
guardias civiles habían atacado la Central Telefónica, capturado varios puntos
estratégicos y que dominaban otros edificios pertenecientes a los obreros. Dominaba
la impresión general de que la Guardia Civil andaba «detrás» de la CNT y de la clase
trabajadora en general. Era evidente que, hasta ese momento, nadie parecía
responsabilizar al gobierno. Las clases más pobres de Barcelona consideraban a la
Guardia Civil como algo bastante similar a los Black and Tans, y todos parecían dar
por sentado que había lanzado ese ataque por iniciativa propia. Una vez que me
enteré de cómo estaban las cosas, me sentí más tranquilo. La situación era bastante
clara: de un lado la CNT, del otro, la policía. No experimento ninguna simpatía
particular por el «obrero» idealizado, tal como está presente en la mente del
comunista burgués, pero cuando veo a un obrero de carne y hueso en conflicto con
su enemigo natural, el policía, no tengo necesidad de preguntarme de qué lado
estoy.
Pasó mucho tiempo y nada parecía suceder en nuestro lado de la ciudad. No
se me ocurrió que podía telefonear al hotel y conversar con mi esposa, pues di por
sentado que la Telefónica había suspendido sus actividades. En realidad, sólo
estuvo paralizada algunas horas. En los dos edificios parecía haber unas trescientas
personas, en su mayoría de la clase más humilde y procedentes de las callejuelas