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que pasara. Un soldado de las tropas de choque disparó su fusil e hizo estallar una,
pero le erró a la segunda. Le pedí el arma, me arrodillé y disparé contra ella.
Lamento decir que también fallé; fue éste el único disparo que hice durante los
disturbios. La acera se hallaba cubierta de cristales rotos procedentes del rótulo del
Café Moka, y dos autos estacionados allí, uno de los cuales era el coche oficial de
Kopp, estaban acribillados a balazos y con los parabrisas destrozados por los
bombazos.
Kopp me llevó al primer piso y me explicó la situación. Debíamos defender los
edificios del POUM si eran atacados, pero los dirigentes habían dado instrucciones
en el sentido de mantenernos a la defensiva y no abrir fuego si podíamos evitarlo.
Justo enfrente había un cine llamado Poliorama, con un museo en el primer piso y,
en la parte más alta, muy por encima del nivel general de los tejados, un pequeño
observatorio con dos cúpulas gemelas. Éstas dominaban la calle, y unos pocos
hombres apostados allí podían impedir cualquier ataque contra los edificios del
POUM. Los encargados del cine eran miembros de la CNT y nos dejarían entrar y
salir. En cuanto a los guardias civiles del Café Moka, no representaban ningún
problema: no deseaban luchar y estarían más que contentos de vivir y dejar vivir.
Kopp repitió que teníamos orden de no disparar, a menos que nuestros edificios o
nosotros fuéramos atacados. De su explicación deduje que los líderes del POUM
estaban furiosos por verse arrastrados a intervenir en tales acontecimientos, pero
sentían que debían solidarizarse con la CNT.
Ya habían colocado gente de guardia en el observatorio. Pasé los tres días y
noches siguientes en la azotea del Poliorama, con breves intervalos en los que me
deslizaba hasta el hotel para comer. No corría ningún peligro, sufría sólo hambre y
aburrimiento y, no obstante, fue uno de los períodos más insoportables de mi vida.
Creo que pocas experiencias podrían ser más asqueantes, más decepcionantes o,
incluso, más exasperantes que esos días de guerra callejera.
Solía sentarme en la azotea y maravillarme ante la locura que significaba todo
esto. Desde las pequeñas ventanas del observatorio podía ver a varios kilómetros a
la redonda edificios altos y esbeltos, cúpulas de cristal y fantásticos techos
ondulados con brillantes tejas verdes y cobrizas; hacia el este, el centelleante mar
azul pálido que veía por primera vez desde mi llegada a España. Y la enorme ciudad
de un millón de personas había caído en una especie de violenta inercia, una
pesadilla de ruido sin movimiento. Las calles soleadas continuaban desiertas. Lo
único que ocurría era el raudal de balas que salían desde las barricadas y las
ventanas protegidas con sacos de arena. No circulaba un solo vehículo y, a lo largo
de las Ramblas, los tranvías permanecían inmóviles allí donde sus conductores los
habían abandonado al oír el primer disparo. Y mientras tanto el estrépito
endemoniado, devuelto por el eco de miles de edificios de piedra, proseguía sin
cesar, como una lluvia tropical. Crac—crac, ratatá—ratatá, brum; el estrépito se
reducía en ocasiones a unos pocos disparos, y crecía a veces hasta formar una
descarga ensordecedora, pero no se interrumpía nunca durante el día, y con la
aurora comenzaba otra vez.
Al principio resultó muy difícil descubrir qué demonios ocurría, quién luchaba
contra quién y quién iba ganando. La gente de Barcelona está acostumbrada a las
luchas callejeras y tan familiarizada con la geografía política local que sabe, por una