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Regresó a su hotel pero, por desgracia (¡qué importante es en la lucha
callejera el conocimiento de la topografía local!), el hotel estaba en una zona de la
ciudad controlada por los guardias civiles. El lugar fue asaltado, Thompson cayó
prisionero y debió pasar ocho días en una celda tan llena de gente que nadie tenía
sitio para acostarse. Hubo numerosos casos similares. Extranjeros con historiales
políticos dudosos habían huido, con la policía pisándoles los talones y con el temor
constante a una denuncia. La situación era peor para los italianos y los alemanes,
que no tenían pasaportes y a muchos de los cuales buscaba la policía secreta de sus
propios países. Si los arrestaban, probablemente los deportarían a Francia, lo que
podía significar el retorno a Italia o a Alemania, donde Dios sabe qué horrores les
aguardaban. Algunas mujeres extranjeras se apresuraron a regularizar su situación
«casándose» con españoles. Una joven alemana que carecía de documentación
logró esquivar a la policía haciéndose pasar durante varios días por la amante de un
español. Recuerdo la expresión de vergüenza y aflicción de la pobre muchacha
cuando accidentalmente me encontré con ella en el momento en que salía del
dormitorio de ese hombre. No era su amante, pero sin duda creyó que yo lo
pensaba. Permanentemente se tenía la estremecedora sensación de que uno podía
ser denunciado a la policía secreta por quien hasta ese momento había sido un
amigo.
La larga pesadilla de la lucha, el estrépito, la falta de comida y de sueño, la
mezcla de tensión y aburrimiento de las largas horas pasadas en la azotea,
preguntándome si al minuto siguiente recibiría un balazo o me vería obligado a
disparar contra alguien, me habían destrozado los nervios. Mi estado era tal que,
cada vez que la puerta se cerraba con violencia, inmediatamente echaba mano de la
pistola. El sábado por la mañana se oyó una serie de disparos y todo el mundo gritó:
«¡Ya empieza otra vez!». Corrí a la calle y descubrí que unos guardias de asalto
disparaban contra un perro rabioso. Nadie que haya vivido en Barcelona entonces o
en los meses posteriores olvidará la agobiante atmósfera creada por el miedo, la
sospecha, el odio, la censura periodística, las cárceles abarrotadas, las enormes
colas para conseguir alimentos y las patrullas de hombres armados.
He tratado de dar una idea aproximada de lo que se sentía estando en medio
de las luchas de Barcelona; pero no creo haber logrado transmitir el carácter extraño
de aquel período. Cuando miro hacia atrás, una de las cosas que permanecen
nítidas en mi memoria son los contactos casuales que uno hacía por aquel entonces,
las visiones repentinas de los no combatientes, para quienes todo aquello tan sólo
era un alboroto carente de sentido. Recuerdo a una mujer elegantemente vestida
que paseaba por las Ramblas, con una canasta de la compra bajo el brazo y un
lanudo perrito blanco, mientras los disparos se sucedían a una o dos calles de
distancia. Quizá fuera sorda. Y el hombre que agitando un pañuelo blanco en cada
mano atravesó corriendo la Plaza de Cataluña, totalmente vacía. Y el grupo de
personas, todas vestidas de negro, que durante una hora trataron una y otra vez de
cruzar la misma plaza, sin poder lograrlo. Cada vez que emergían de la calle central,
las ametralladoras del PSUC apostadas en el hotel Colón abrían fuego y las
obligaban a retroceder, aunque era evidente que iban desarmadas. Siempre he
pensado que formaban parte de un cortejo fúnebre. Y el hombrecito que hacia las
veces de encargado del museo situado sobre el Poliorama, y parecía considerar los