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siempre era peligrosa. Teníamos la aurora a nuestras espaldas y si se asomaba la
cabeza quedaba claramente recortada contra el cielo. Estaba hablando con los
centinelas antes del cambio de guardia. De pronto, en mitad de una frase, sentí... es
muy difícil describir lo que sentí, aunque lo recuerdo en forma muy vivida.
Por decirlo de alguna manera, tuve la sensación de encontrarme en el Centro
de una explosión. Hubo como un fuerte estallido y un fogonazo cegador a mi
alrededor, y sen— ti un golpe tremendo, no dolor, sólo una sacudida violenta, como la
que produce una descarga eléctrica. Luego una sensación de absoluta debilidad, de
haber sido reducido a nada. Los sacos de arena frente a mí se alejaron a una
distancia inmensa. Supongo que se siente lo mismo cuando se es alcanzado por un
rayo. Supe de inmediato que estaba herido, pero por el estallido y el fogonazo pensé
que se trataba de algún fusil próximo, disparado por accidente. Todo ocurrió en un
espacio de tiempo muy inferior a un segundo. Al instante siguiente se me doblaron
las rodillas y caí hasta dar violentamente con la cabeza contra el suelo. Tenía
perfecta conciencia de estar malherido, experimentaba una sensación de torpeza y
aturdimiento, pero no sufría ningún dolor tal como se entiende normalmente.
El centinela norteamericano con quien había estado hablando se abalanzó
sobre mí: «Cielos, ¿estás herido?». Otros milicianos se acercaron y se produjo el
alboroto habitual. «¡Levantadlo! ¿Dónde está herido? ¡Abridle la camisa!», etcétera,
etcétera. El norteamericano pidió un cuchillo para cortarme la camisa. Yo sabía que
el mío estaba en uno de mis bolsillos y traté de sacarlo, pero descubrí que tenía el
brazo derecho paralizado. La ausencia de dolor me producía una ligera satisfacción.
«Esto sin duda alegrará a mi esposa», pensé (siempre había deseado que me
hirieran, y me salvara así de morir cuando llegara la gran batalla). Justo en ese
momento se me ocurrió preguntarle dónde estaba herido y de qué gravedad; no
sentía nada, pero tenía conciencia de que la bala me había golpeado en alguna parte
frontal del cuerpo. Cuando traté de hablar, comprobé que carecía de voz, sólo proferí
un débil quejido, pero al segundo intento logré preguntar dónde estaba herido. Me
dijeron que en la garganta. Harry Webb, nuestro camillero, trajo vendas y una de las
pequeñas botellas de alcohol que nos daban para curas de urgencia. Cuando me
levantaron me salió mucha sangre por la boca, y a mi espalda oí decir a un español
que la bala me había atravesado el cuello. Sentí que el alcohol, que por lo común
arde muchísimo, me bañaba la herida produciéndome una agradable sensación de
frescura.
Volvieron a acostarme mientras alguien buscaba una camilla. En cuanto supe
que la bala me había atravesado limpiamente la garganta di por sentado que no
tenía salvación. Nunca había oído hablar de un hombre o de un animal que
sobreviviera a un balazo en el cuello. La sangre me goteaba por las comisuras de los
labios. «La arteria está destrozada», pensé. Me pregunté cuánto se dura con la
carótida cortada; pocos instantes, seguramente. Todo se veía muy borroso. Deben
de haber pasado unos dos minutos durante los cuales supuse que estaba muerto.
También eso era interesante, es decir, resulta interesante saber qué clase de
pensamientos se tiene en semejante situación. Mi primer pensamiento, bastante
convencional, fue para mi esposa. Luego me asaltó un violento resentimiento por
tener que abandonar este mundo que, a pesar de todo, me gusta. Tuve tiempo de
sentir esto de forma muy vívida. La estúpida mala suerte me enfurecía. ¡Qué absurdo