85
lugares, sin recibir ningún tratamiento, excepto un ocasional vendaje limpio.
Hombres con heridas atroces o huesos aplastados eran envueltos en una especie
de funda a base de vendas y yeso; en la parte exterior se escribía con lápiz la
descripción de la herida, pues por lo general la funda no se retiraba hasta que el
hombre llegaba a Barcelona o Tarragona, diez días después. Resultaba casi
imposible examinar la herida en esas condiciones; los pocos médicos no daban
abasto con el trabajo y se limitaban a pasar rápidamente junto a cada cama
diciendo: «Sí, sí, lo atenderán en Barcelona». Siempre había rumores de que el tren—
hospital partiría hacia Barcelona mañana. El otro defecto radicaba en la falta de
enfermeras competentes. Evidentemente en España no había suficientes
enfermeras con formación, quizá porque antes de la guerra eran las monjas las
encargadas de esas tareas. No tengo quejas de las enfermeras españolas; siempre
me trataron con extrema bondad, pero no cabe duda de que eran sumamente
negligentes. Todas sabían tomar la temperatura, algunas podían hacer un vendaje, y
nada más. De esta incompetencia resultaba que los hombres demasiado enfermos
para valerse por si mismos a menudo eran objeto de un vergonzoso descuido. Las
enfermeras dejaban que un paciente estuviera con diarrea durante una semana, y
rara vez lavaban a quienes estaban demasiado débiles como para hacerlo solos.
Recuerdo a un pobre miliciano con un brazo destrozado que me contó que había
estado tres semanas con la cara sucia. Hasta las camas se quedaban a veces sin
hacer durante varios días. La comida, en cambio, era buena en todos los hospitales,
quizá demasiado buena. En España, más que en cualquier otra parte, parecía
continuar la costumbre de atiborrar a los enfermos con pesadas comidas. En Lérida,
las comidas eran pantagruélicas. A las seis de la mañana servían un desayuno a
base de sopa, tortilla, guiso, pan, vino blanco y café; y el almuerzo era aún más
abundante —y esto en una época en que la mayor parte de la población civil padecía
carencias alimenticias—. Los españoles parecen no saber lo que es una dieta liviana.
Dan la misma comida a los enfermos que a los sanos, siempre el mismo tipo de
plato abundante, grasiento, empapado en aceite de oliva.
Una mañana se anunció que los hombres de mi sala partirían ese mismo día
hacia Barcelona. Logré enviar un telegrama a mi esposa, anunciándole mi llegada.
Poco después nos metieron en varios autobuses y nos llevaron a la esta— clon.
Cuando el tren ya había arrancado, el enfermero del hospital que viajaba con
nosotros por casualidad nos informó de que no íbamos a Barcelona, sino a
Tarragona. Supongo que el maquinista había cambiado de idea. «¡Tipicamente
español!», pensé. También fue muy español que aceptaran detener el tren para que
yo pudiera enviar otro telegrama, y aún más español, que éste nunca llegara.
Nos colocaron en vagones normales de tercera clase, con asientos de
madera, aunque muchos estaban malheridos y habían dejado la cama por primera
vez después de larga postración. Bien pronto, con el calor y los vaivenes, la mitad de
los hombres se encontraba en un estado de colapso y varios vomitaron sobre el
suelo. El enfermero se abrió paso entre las siluetas cadavéricas desparramadas por
todas partes y nos dio de beber con una gran cantimplora que iba vaciando de boca
en boca. Todavía recuerdo el asqueante sabor del agua. Llegamos a Tarragona al
caer el sol. Las vías del tren corren paralelas a la costa y muy cerca del mar. Cuando
nuestro tren entraba en la estación partía otro lleno de tropas de la Columna