en marzo de 1947. Las acusaciones que se contienen en este prólogo acerca de la autocensura, de
la rusofilia y de la inclinación al totalitarismo de muchos intelectuales franceses puede ser
también apreciada en su «London Letter» escrita para la Partisan Review en el verano de 1944,
donde insiste sobre el «servilismo de los llamados intelectuales hacia Rusia» y asimismo,
frecuentemente —con gran indignación de muchos de sus lectores—, en su columna «As I
Please» en el Tribune, de manera especial en la publicada el primero de septiembre de 1944, en
la que expone su ira ante la general indiferencia provocada por la batalla de Varsovia (en la que,
como es sabido, las tropas alemanas aniquilaron la resistencia polaca ante la pasividad de los
rusos detenidos a as puertas de la ciudad). Decía Orwell:
«Ante todo, un aviso a los periodistas ingleses de izquierda y a los intelectuales en
general: recuerden que la deshonestidad y la cobardía siempre se pagan. No vayan a creerse que
por años y años pueden estar haciendo de serviles propagandistas del régimen soviético o de otro
cualquiera y después pueden volver repentinamente a la honestidad intelectual. Eso es
prostitución y nada más que prostitución.
»Y después, una consideración más amplia: nada importa tanto al mundo en este
momento como la amistad anglo-rusa y la cooperación entre los dos países, pero esto no podrá
alcanzarse si no hablamos claro y sin rodeos. »
Ardua cuestión esta porque, además de los «compañeros de viaje» —y así consideraba
Orwell en aquel momento a hombres como Victor Gollancz—, no eran pocos los que dudaban de
si era prudente ese «hablar claro» a que aludía Orwell, ni siquiera de modo alegórico, tal y como
se exponía en Rebelión en la granja.
Gollancz, con quien Orwell estaba ligado por contrato, fue el primero en rechazar el
libro, probablemente sin sorpresa alguna para Orwell, quien, por razones obvias, ni esperaba ni
quería que fuera editado por él, pues recordaba su rechazo del original de Homenaje a Cataluña.
«Debo decirle -escribía Orwell a Gollanczque el texto es, creo yo, inaceptable políticamente
desde su punto de vista (es anti-Stalin). » Por su parte Gollancz, en una carta del 23 de marzo de
1944, refuta sus alegatos y pide ver el manuscrito. Según la opinión de varios amigos de Orwell,
lo que pretendía Gollancz era alertarle sobre la alarma existente entre los editores por las
intemperancias de Orwell al hablar con demasiada claridad y sostener que la verdad no es un
concepto relativo y dependiente de las circunstancias, pues con todo ello no hacía más que
perjudicarse a sí mismo y poner en peligro las relaciones anglo-rusas. Es evidente que con todos
estos comentarios aumentaban las habladurías entre editores y escritores acerca de la posición de
Orwell, y para aclarar del todo la actitud de Gollancz en este asunto es ciertamente lamentable no
poder disponer de sus documentos y cartas.
Orwell, evidentemente, esperaba complicaciones derivadas del contenido de su libro, que
empezó a escribir en noviembre de 1943 a poco de haber pedido el cese en la BBC. El 17 de
febrero de 1944 escribió al profesor Gleb Struve, que estaba entonces en la Escuela de Estudios
Eslavos y Europeo-Orientales en Londres, diciéndole: «Estoy escribiendo un librito que espero le
divertirá cuando aparezca, aunque me temo no va a tener el visto bueno político y por ello no estoy
seguro de que alguien se atreva a publicarlo. Tal vez por lo que le digo adivine usted el tema». En
aquel entonces Orwell había tenido ya dificultades con el New Statesman por unos escritos sobre
España y con Gollancz por Homenaje a Cataluña y El camino de Wigan Pier. Al siguiente mes, los
problemas surgieron con el Manchester Evening News, para el que había hecho una reseña de un
libro de Harold Laski, a quien tachaba de complacencia hacia Stalin. El periódico rechazó la
crítica.