No está nada claro todo lo referente al envío del manuscrito a Gollancz y lo que ocurrió
después, pero en una carta a Fred Warburg del 13 de junio de 1945 y en otra al agente literario
Leonard Moore del 3 de julio del mismo año, da algunas aclaraciones. En ellas alude a que el envío
del original a Gollancz era una «pérdida de tiempo», ya que estaba casi seguro de que la obra no
sería publicada por el editor, quien, por otra parte, se negaba a considerar a Rebelión en la granja
como una novela debido a su brevedad, lo cual no era óbice para recordarle a Orwell la opción
preferente que tenía sobre sus dos novelas siguientes. (No deja de ser curioso de qué modo un
editor se obstina en retener a un autor cuyos libros no le complacen, aunque todo ello se desarrolle
en los tonos más cordiales.)
Fue entonces cuando Orwell visitó a Jonathan Cape, quien, después de leer la novela,
reconoció que era magnífica, pero también que sería impolítico publicarla en aquel momento. La
carta que se menciona al comienzo del prólogo es un fragmento de la que le escribió Cape
devolviéndole la novela. Es un breve fragmento del original que se guarda entre los documentos de
Orwell, pero yo no he obtenido permiso para reproducirla por entero. El resto expresa las
esperanzas de Cape de publicar cualquier otra obra de Orwell, por más que éste estaba, como ya
hemos dicho, ligado a Gollancz por contrato, si bien este compromiso no era válido para Rebelión
en la granja. El famoso comentario hecho por Orwell a T. S. Eliot tildando de estúpida la
sugerencia de que «cualquier animal que no fuera el cerdo podía haber sido elegido para
representar a los bolcheviques» está completamente justificado, y de la carta de Cape se
desprende que éste enseñó el manuscrito a «un importante funcionario» del Ministerio de
Información. (Yo tuve que esperar varios años antes de poder leer este informe en los Archivos
Oficiales, aunque tal vez esta visión se confirmara en alguna charla de club en la que alguien
aludiera a aquel desgarbado inconformista lleno de talento literario.) Y conviene recordar que en
1944 los libros no iban forzosamente a censura. Orwell estaba en lo cierto cuando decía que la
censura se la hacían los escritores mismos.
Eliot también estuvo entre los que desaconsejaron la publicación. Mrs. Valerie Eliot
publicó la carta enviada por el poeta en el The Times del 6 de enero de 1969. Esencialmente
Eliot coincidía con los puntos de vista expresados por Cape, aunque el contenido de la carta es
muy expresivo con respecto a la calidad literaria de Orwell: «Estamos de acuerdo en que la
novela es una destacada obra literaria y que la fábula está muy inteligentemente llevada gracias a
una habilidad narrativa que descansa en su propia sencillez, cosa que muy pocos autores habían
logrado desde Gulliver». Pero después de este encomio seguían unos párrafos en los cuales
dudaba de si «el punto de vista que ofrece es el más apto para criticar en el momento presente la
situación política». Eliot se cuida mucho de decir que no existen razones «ni por prudencia ni por
cautela» para impedir su publicación pero, por otra parte, ningún director literario de Faber &
Faber, incluido el mismo Eliot, estaba dispuesto a dar un informe que aconsejase la publicación.
(Cuán diferente resulta esta postura: de la expuesta por el propio Eliot en sus ensayos de
Criterion escritos en 1920, cuando estaba tan cercano a Pound tanto política como poéticamente.)
Más tarde ocurrió el episodio de la Whitman Press, después del cual se produjo la
decisión final de publicarlo tomada por Warburg, respaldado por un caluroso informe de lector
emitido por T. R. Fyvel. Ninguno de ellos recuerda nada acerca de un proyectado prólogo, pero
Fyvel y otros me indicaron que Orwell no era demasiado comunicativo acerca de los escritos que
tenía entre manos, ni siquiera con sus más íntimos amigos. Y por aquel entonces Warburg estaba
enfermo o ausente, por lo que el original fue manejado por Senhouse (muchos de cuyos
documentos personales fueron destruidos a su muerte; y los impresores también habían
inutilizado sus registros). Pero las pruebas más evidentes siguen siendo el libro de Potts, las