correcta y de una clara tolerancia para las opiniones minoritarias. El hecho más lamentable
en relación con la censura literaria en nuestro país ha sido principalmente de carácter
voluntario. Las ideas impopulares, según se ha visto, pueden ser silenciadas y los hechos
desagradables ocultarse sin necesidad de ninguna prohibición oficial. Cualquiera que haya
vivido largo tiempo en un país extranjero podrá contar casos de noticias sensacionalistas que
ocupaban titulares y acaparaban espacios incluso excesivos para sus méritos. Pues bien,
estas mismas noticias son eludidas por la prensa británica, no porque el gobierno las
prohíba, sino porque existe un acuerdo general y tácito sobre ciertos hechos que «no
deben» mencionarse. Esto es fácil de entender mientras la prensa británica siga tal como
está: muy centralizada y propiedad, en su mayor parte, de unos pocos hombres
adinerados que tienen muchos motivos para no ser demasiado honestos al tratar ciertos
temas importantes. Pero esta misma clase de censura velada actúa también sobre los
libros y las publicaciones en general, así como sobre el cine, el teatro y la radio. Su
origen está claro: en un momento dado se crea una ortodoxia, una serie de ideas que son
asumidas por las personas bienpensantes y aceptadas sin discusión alguna. No es que se
prohíba concretamente decir «esto» o «aquello», es que «no está bien» decir ciertas
cosas, del mismo modo que en la época victoriana no se aludía a los pantalones en
presencia de una señorita. Y cualquiera que ose desafiar aquella ortodoxia se encontrará
silenciado con sorprendente eficacia. De ahí que casi nunca se haga caso a una opinión
realmente independiente ni en la prensa popular ni en las publicaciones minoritarias e
intelectuales.
En este instante, la ortodoxia dominante exige una admiración hacia Rusia sin
asomo de crítica. Todo el mundo está al cabo de la calle de este hecho y, por
consiguiente, todo el mundo actúa en consonancia. Cualquier crítica seria al régimen
soviético, cualquier revelación de hechos que el gobierno ruso prefiera mantener ocultos,
no saldrá a la luz. Y lo peor es que esta conspiracion nacional para adular a nuestro
aliado se produce a pesar de unos probados antecedentes de tolerancia intelectual muy
arraigados entre nosotros. Y así vemos, paradójicamente, que no se permite criticar al
gobierno soviético, mientras se es libre de hacerlo con el nuestro. Será raro que alguien
pueda publicar un ataque contra Stalin, pero es muy socorrido atacar a Churchill desde
cualquier clase de libro o periódico. Y en cinco años de guerra -durante dos o tres de los
cuales luchamos por nuestra propia supervivencia- se escribieron incontables libros, ar-
tículos y panfletos que abogaban, sin cortapisa alguna, por llegar a una paz de
compromiso, y todos ellos aparecieron sin provocar ningún tipo de crítica o censura.
Mientras no se tratase de comprometer el prestigio de la Unión Soviética, el principio de
libertad de expresión ha podido mantenerse vigorosamente. Es cierto que existen otros
temas proscritos, pero la actitud hacia la URSS es el síntoma más significativo. Y tiene
unas características completamente espontáneas, libres de la influencia de cualquier
grupo de presión.
El servilismo con el que la mayor parte de la intelligentsia británica se ha tragado
y repetido los tópicos de la propaganda rusa desde 1941 sería sorprendente, si no fuera
porque el hecho no es nuevo y ha ocurrido ya en otras ocasiones. Publicación tras
publicación, sin controversia alguna, se han ido aceptando y divulgando los puntos de vista
soviéticos con un desprecio absoluto hacia la verdad histórica y hacia la seriedad intelectual.
Por citar sólo un ejemplo: la BBC celebró el XXV aniversario de la creación del Ejército
Rojo sin citar para nada a Trotsky, lo cual fue algo así como conmemorar la batalla de
Trafalgar sin hablar de Nelson. Y, sin embargo, el hecho no provocó la más mínima protesta
por parte de nuestros intelectuales. En las luchas de la Resistencia de los países ocupados por
los alemanes, la prensa inglesa tomó siempre partido al lado de los grupos apoyados por
Rusia, en tanto que las otras facciones eran silenciadas (a veces con omisión de hechos
probados) con vistas a justificar esta postura. Un caso particularmente demostrativo fue el