privadamente se vivía consciente de que aquello «no debía» hacerse y, aunque se arguyera
que lo que se decía era cierto, la respuesta era tildarlo de «inoportuno» y «al servicio de»
intereses reaccionarios. Esta actitud fue mantenida apoyándose en la situación internacional
y en la urgente necesidad de sostener la alianza anglorrusa; pero estaba claro que se trataba
de una pura racionalización. La gran mayoría de los intelectuales británicos había estimulado
una lealtad de tipo nacionalista hacia la Unión Soviética y, llevados por su devoción hacia
ella, sentían que sembrar la duda sobre la sabiduría de Stalin era casi una blasfemia.
Acontecimientos similares ocurridos en Rusia y en otros países se juzgaban según distintos
criterios. Las interminables ejecuciones llevadas a cabo durante las purgas de 1936 a 1938
eran aprobadas por hombres que se habían pasado su vida oponiéndose a la pena capital, del
mismo modo que, si bien no había reparo alguno en hablar del hambre en la India, se silen-
ciaba la que padecía Ucrania. Y si todo esto era evidente antes de la guerra, esta atmósfera
intelectual no es, ahora, ciertamente mejor.
Volviendo a mi libro, estoy seguro de que la reacción que provocará en la mayoría
de los intelectuales ingleses será muy simple: «No debió ser publicado». Naturalmente, estos
críticos, muy expertos en el arte de difamar, no lo atacarán en -el terreno político, sino en el
intelectual. Dirán que es un libro estúpido y tonto y que su edición no ha sido más que un
despilfarro de papel. Y yo digo que esto puede ser verdad, pero no «toda la verdad» del
asunto. No se puede afirmar que un libro no debe ser editado tan sólo porque sea malo.
Después de todo, cada día se imprimen cientos de páginas de basura y nadie le da
importancia. La intelligentsia británica, al menos en su mayor parte, criticará este libro
porque en él se calumnia a su líder y con ello se perjudica la causa del progreso. Si se tratara
del caso inverso, nada tendrían que decir aunque sus defectos literarios fueran diez veces
más patentes. Por ejemplo, el éxito de las ediciones del Left Book Club durante cinco años
demuestra cuán tolerante se puede llegar a ser en cuanto a la chabacanería y a la mala
literatura que se edita, siempre y cuando diga lo que ellos quieren oír.
El tema que se debate aquí es muy sencillo: ¿Merece ser escuchado todo tipo de
opinión, por impopular que sea? Plantead esta pregunta en estos términos y casi todos los
ingleses sentirán que su deber es responder: «Sí». Pero dadle una forma concreta y
preguntad: ¿Qué os parece si atacamos a Stalin? ¿Tenemos derecho a ser oídos? Y la
respuesta más natural será: «No». En este caso, la pregunta representa un desafío a la opinión
ortodoxa reinante y, en consecuencia, el principio de libertad de expresión entra en crisis. De
todo ello resulta que, cuando en estos momentos se pide libertad de expresión, de hecho no
se pide auténtica libertad. Estoy de acuerdo en que siempre habrá o deberá haber un cierto
grado de censura mientras perduren las sociedades organizadas. Pero «libertad», como
dice Rosa Luxemburg, es «libertad para los demás». Idéntico principio contienen las
palabras de Voltaire: «Detesto lo que dices, pero defendería hasta la muerte tu derecho a
decirlo». Si la libertad intelectual ha sido sin duda alguna uno de los principios básicos
de la civilización occidental, o no significa nada o significa que cada uno debe tener
pleno derecho a decir y a imprimir lo que él cree que es la verdad, siempre que ello no
impida que el resto de la comunidad tenga la posibilidad de expresarse por los mismos
inequívocos caminos. Tanto la democracia capitalista como las versiones occidentales
del socialismo han garantizado hasta hace poco aquellos principios. Nuestro gobierno
hace grandes demostraciones de ello. La gente de la calle -en parte quizá porque no está
suficientemente imbuida de estas ideas hasta el punto de hacerse intolerante en su
defensa- sigue pensando vagamente en aquello de: «Supongo que cada cual tiene derecho
a exponer su propia opinión». Por ello incumbe principalmente a la intelectualidad
científica y literaria el papel de guardián de esa libertad que está empezando a ser
menospreciada en la teoría y en la práctica.
Uno de los fenómenos más peculiares de nuestro tiempo es el que ofrece el
liberal renegado.