Los marxistas claman a los cuatro vientos que la «libertad burguesa» es una
ilusión, mientras una creencia muy extendida actualmente argumenta diciendo que la
única manera de defender la libertad es por medio de métodos totalitarios. Si uno ama la
democracia, prosigue esta argumentación, hay que aplastar a los enemigos sin que
importen los medios utilizados. ¿Y quiénes son estos enemigos? Parece que no sólo son
quienes la atacan abierta y concienzudamente, sino también aquellos que
«objetivamente» la perjudican propalando doctrinas erróneas. En otras palabras:
defendiendo la democracia acarrean la destrucción de todo pensamiento independiente.
Éste fue el caso de los que pretendieron justificar las purgas rusas. Hasta el más ardiente
rusófilo tuvo dificultades para creer que todas las víctimas fueran culpables de los cargos
que se les imputaban. Pero el hecho de haber sostenido opiniones heterodoxas
representaba un perjuicio para el régimen y, por consiguiente, la masacre fue un hecho
tan normal como las falsas acusaciones de que fueron víctimas. Estos mismos
argumentos se esgrimieron para justificar las falsedades lanzadas por la prensa de
izquierdas acerca de los trotskistas y otros grupos republicanos durante la Guerra Civil
española. Y la misma historia se repitió para criticar abiertamente el hábeas corpus
concedido a Mosley cuando fue puesto en libertad en 1943.
Todos los que sostienen esta postura no se dan cuenta de que, al apoyar los métodos
totalitarios, llegará un momento en que estos métodos serán usados «contra» ellos y río
«por» ellos. Haced una costumbre del encarcelamiento de fascistas sin juicio previo y tal vez
este proceso no se limite sólo a los fascistas. Poco después de que al Daily Worker le fuera
levantada la suspensión, hablé en un College del sur de Londres. El auditorio estaba formado
por trabajadores y profesionales de la baja clase media, poco más o menos el mismo tipo de
público que frecuentaba las reuniones del Left Book Club. Mi conferencia trataba de la
libertad de prensa y, al término de la misma y ante mi asombro, se levantaron varios
espectadores para preguntarme «si en mi opinión había sido un error levantar la prohibición
que impedía la publicación del Daily Worker». Hube de preguntarles el porqué y todos di-
jeron que «era un periódico de dudosa lealtad y por tanto no debía tolerarse su publicación en
tiempo de guerra». El caso es que me encontré defendiendo al periódico que más de una vez
se había salido de sus casillas para atacarme. ¿Dónde habían aprendido aquellas gentes
puntos de vista tan totalitarios? Con toda seguridad debieron aprenderlos de los mismos
comunistas.
La tolerancia y la honradez intelectual están muy arraigadas en Inglaterra, pero no
son indestructibles y si siguen manteniéndose es, en buena parte, con gran esfuerzo. El
resultado de predicar doctrinas totalitarias es que lleva a los pueblos libres a confundir lo que
es peligroso y lo que no lo es. El caso de Mosley es, a este efecto, muy ilustrativo. En 1940
era totalmente lógico internarlo, tanto si era culpable como si no lo era. Estábamos entonces
luchando por nuestra propia existencia y no podíamos tolerar que un posible colaboracionista
anduviera suelto. En cambio, mantenerlo encarcelado en 1943, sin que mediara proceso
alguno, era un verdadero ultraje. La aquiescencia general al aceptar este hecho fue un mal
síntoma, aunque es cierto que la agitación contra la liberación de Mosley fue en gran parte
ficticia y, en menor parte, manifestación de otros motivos de descontento. ¡Sin embargo,
cuán evidente resulta, en el actual deslizamiento hacia los sistemas fascistas, la huella de los
antifascismos de los últimos diez años y la falta de escrúpulos por ellos acuñada!
Es importante constatar que la corriente rusófila es sólo un síntoma del
debilitamiento general de la tradición liberal. Si el Ministerio de Información hubiera vetado
definitivamente la publicación de este libro, la mayoría de los intelectuales no hubiera visto
nada inquietante en todo ello. La lealtad exenta de toda crítica hacia la URSS pasa a
convertirse en ortodoxia, y, dondequiera que estén en juego los intereses soviéticos, están
dispuestos no sólo a tolerar la censura sino a falsificar deliberadamente la Historia. Por
citar sólo un caso. A la muerte de John Reed, el autor de Diez días que conmovieron al