mundo -un relato de primera mano de las jornadas claves de la Revolución rusa-, los
derechos del libro pasaron a poder del Partido Comunista británico, a quien el autor,
según creo, los había legado. Algunos años más tarde, los comunistas ingleses
destruyeron en gran parte la edición original, lanzando después una versión amañada en
la que omitieron las menciones a Trotsky así como la introducción escrita por el propio
Lenin. Si hubiera existido una auténtica intelectualidad liberal en Gran Bretaña, este acto
de piratería hubiera sido expuesto y denunciado en todos los periódicos del país. La
realidad es que las protestas fueron escasas o nulas. A muchos, aquello les pareció la
cosa más natural. Esta tolerancia que llega a lo indecoroso es más significativa aún que
la corriente de admiración hacia Rusia que se ha impuesto en estos días. Pero
probablemente esta moda no durará. Preveo que, cuando este libro se publique, mi visión
del régimen soviético será la más comúnmente aceptada. ¿Qué puede esto significar?
Cambiar una ortodoxia por otra no supone necesariamente un progreso, porque el
verdadero enemigo está en la creación de una mentalidad «gramofónica» repetitiva, tanto
si se está como si no de acuerdo con el disco que suena en aquel momento.
Conozco todos los argumentos que se esgrimen contra la libertad de expresión y
de pensamiento, argumentos que sostienen que no «debe» o que no «puede» existir. Yo,
sencillamente, respondo a todos ellos diciéndoles que no me convencen y que nuestra
civilización está basada en la coexistencia de criterios opuestos desde hace más de 400
años. Durante una década he creído que el régimen existente en Rusia era una cosa
perversa y he reivindicado mi derecho a decirlo, a pesar de que seamos aliados de los
rusos en una guerra que deseo ver ganada. Si yo tuviera que escoger un texto para
justificarme a mí mismo elegiría una frase de Milton que dice así: «Por las conocidas
normas de la vieja libertad».
La palabra vieja subraya el hecho de que la libertad intelectual es una tradición
profundamente arraigada sin la cual nuestra cultura occidental dudosamente podría
existir. Muchos intelectuales han dado la espalda a esta tradición, aceptando el principio
de que una obra deberá ser publicada o prohibida, loada o condenada, no por sus méritos
sino según su oportunidad ideológica o política. Y otros, que no comparten este punto de
vista, lo aceptan, sin embargo, por cobardía. Un buen ejemplo de esto lo constituye el
fracaso de muchos pacifistas incapaces de elevar sus voces contra el militarismo ruso. De
acuerdo con estos pacifistas, toda violencia debe ser condenada, y ellos mismos no han
vacilado en pedir una paz negociada en los más duros momentos de la guerra. Pero,
¿cuándo han declarado que la guerra también es censurable aunque la haga el Ejército
Rojo? Aparentemente, los rusos tienen todo su derecho a defenderse, mientras nosotros, si
lo hacemos, caemos en pecado mortal. Esta contradicción sólo puede explicarse por la
cobardía de una gran parte de los intelectuales ingleses cuyo patriotismo, al parecer, está
más orientado hacia la URSS que hacia la Gran Bretaña.
Conozco muy bien las razones por las que los intelectuales de nuestro país
demuestran su pusilanimidad y su deshonestidad; conozco por experiencia los argumentos
con los que pretenden justificarse a sí mismos. Pero, por eso mismo, sería mejor que
cesaran en sus desatinos intentando defender la libertad contra el fascismo. Si la libertad
significa algo, es el derecho de decirles a los demás lo que no quieren oír. La gente sigue
vagamente adscrita a esta doctrina y actúa según ella le dicta. En la actualidad, en nuestro
país —y no ha sido así en otros, como en la republicana Francia o en los Estados Unidos
de hoy— los liberales le tienen miedo a la libertad y los intelectuales no vacilan en
mancillar la inteligencia: es para llamar la atención sobre estos hechos por lo que he escrito
este prólogo.