algunos creían lo de Monte Azúcar y los cerdos tenían que argumentar mucho para persuadirlos
de la inexistencia de tal lugar.
Los discípulos más leales eran los caballos de tiro Boxer y Clover. Ambos tenían gran
dificultad en formar su propio juicio, pero desde que aceptaron a los cerdos como maestros,
asimilaban todo lo que se les decía y lo transmitían a los demás animales mediante argumentos
sencillos. Nunca faltaban a las citas secretas en el granero y encabezaban el canto de «Bestias de
Inglaterra» con el que siempre se daba fin a las reuniones.
El hecho fue que la rebelión se llevó a cabo mucho antes y más fácilmente de lo que
ellos esperaban. En años anteriores el señor Jones, a pesar de ser un amo duro, había sido un
agricultor capaz, pero últimamente contrajo algunos vicios. Se había desanimado mucho
después de perder bastante dinero en un pleito, y comenzó a beber más de la cuenta. Durante
días enteros permanecía en su sillón de la cocina, leyendo los periódicos, bebiendo y,
ocasionalmente, dándole a Moses cortezas de pan mojado en cerveza. Sus hombres se habían
vuelto perezosos y descuidados, los campos estaban llenos de maleza, los edificios necesitaban
arreglos, los vallados estaban descuidados, y mal alimentados los animales.
Llegó junio y el heno estaba casi listo para ser cosechado. La noche de San Juan, que era
sábado, el señor Jones fue a Willingdon y se emborrachó de tal forma en «El León Colorado»,
que no volvió a la granja hasta el mediodía del domingo. Los peones habían ordeñado las vacas
de madrugada y luego se fueron a cazar conejos, sin preocuparse de dar de comer a los animales.
A su regreso, el señor Jones se quedó dormido inmediatamente en el sofá de la sala, tapándose la
cara con el periódico, de manera que al anochecer los animales aún estaban sin comer. El
hambre sublevó a los animales, que ya no resistieron más. Una de las vacas rompió de una
cornada la puerta del depósito de forrajes y los animales empezaron a servirse solos de los
depósitos. En ese momento se despertó el señor Jones. De inmediato él y sus cuatro peones se
hicieron presentes con látigos, azotando a diestro y siniestro. Esto superaba lo que los
hambrientos animales podían soportar. Unánimemente, aunque nada había sido planeado con
anticipación, se abalanzaron sobre sus torturadores. Repentinamente, Jones y sus peones se
encontraron recibiendo empellones y patadas desde todos los lados. Estaban perdiendo el
dominio de la situación porque jamás habían visto a los animales portarse de esa manera.
Aquella inopinada insurrección de bestias a las que estaban acostumbrados a golpear y
maltratar a su antojo, los aterrorizó hasta casi hacerles perder la cabeza. Al poco, abandonaron
su conato de defensa y escaparon. Un minuto después, los cinco corrían a toda velocidad por
el sendero que conducía al camino principal con los animales persiguiéndoles triunfalmente.
La señora Jones miró por la ventana del dormitorio, vio lo que sucedía, metió
precipitadamente algunas cosas en un bolso y se escabulló de la granja por otro camino.
Moses saltó de su percha y aleteó tras ella, graznando sonoramente. Mientras tanto, los
animales habían perseguido a Jones y sus peones hacia la carretera y, apenas salieron, cerraron
el portón tras ellos estrepitosamente. Y así, casi sin darse cuenta de lo ocurrido, la rebelión se
había llevado a cabo triunfalmente: Jones fue expulsado y la «Granja Manor» era de ellos.
Durante los primeros minutos los animales apenas si daban crédito a su triunfo. Su
primera acción fue correr todos juntos alrededor de los límites de la granja, como para
cerciorarse de que ningún ser humano se escondía en ella; luego volvieron al galope hacia los
edificios para borrar los últimos vestigios del ominoso reinado de Jones. Irrumpieron en el
guadarnés que se hallaba en un extremo del establo; los bocados, las argollas, las cadenas de
los perros, los crueles cuchillos con los que el señor Jones acostumbraba a castrar a los cerdos
y corderos, todos fueron arrojados al aljibe. Las riendas, las cabezadas, las anteojeras, los