degradantes morrales fueron tirados al fuego en el patio, donde en ese momento se estaba
quemando la basura. Igual destino tuvieron-los látigos. Todos los animales saltaron de alegría
cuando vieron arder los látigos. Snowball también tiró al fuego las cintas que generalmente
adornaban las colas y crines dé los caballos en los días de feria.
—Las cintas —dijo— deben considerarse como indumentaria, que es el distintivo de
un ser humano. Todos los animales deben ir desnudos.
Cuando Boxer oyó esto, tomó el sombrerito de paja que usaba en verano para impedir
que las moscas le entraran en las orejas y lo tiró al fuego con lo demás.
En muy poco tiempo los animales habían destruido todo lo que podía hacerles recordar
el dominio del señor Jones. Entonces Napoleón los llevó nuevamente al depósito de forrajes y
sirvió una doble ración de maíz a cada uno, con dos bizcochos para cada perro. Luego
cantaron
«Bestias de Inglaterra» de cabo a rabo siete veces seguidas, y después de eso se
acomodaron para pasar la noche y durmieron como nunca lo habían hecho anteriormente.
Pero se despertaron al amanecer, como de costumbre, y, acordándose repentinamente del
glorioso acontecimiento, se fueron todos juntos a la pradera. A poca distancia de allí había una
loma desde donde se dominaba casi toda la granja. Los animales se dieron prisa en llegar a la
cumbre y miraron en su :torno, a la clara luz de la mañana. Sí, era de ellos; ¡todo lo que podían
ver era suyo! Poseídos por este pensamiento, brincaban por doquier, se lanzaban al aire dando
grandes saltos de alegría. Se revolcaban en el rocío, mordían la dulce hierba del verano,
coceaban levantando terrones de tierra negra y aspiraban su fuerte aroma. Luego hicieron un
recorrido de inspección por toda la granja y miraron con muda admiración la tierra labrantía, el
campo de heno, la huerta, el estanque, el soto. Era como si nunca hubieran visto aquellas cosas
anteriormente, y apenas podían creer que todo era de ellos.
Volvieron después a los edificios de la granja y, vacilantes, se detuvieron en silencio
ante la puerta de la casa. También era suya, pero tenían miedo de entrar. Un momento después,
sin embargo, Snowball y Napoleón empujaron la puerta con el hombro y los animales entraron
en fila india, caminando con el mayor cuidado por miedo a estropear algo. Fueron de puntillas
de una habitación a la otra, temerosos de alzar la voz, contemplando con una especie de temor
reverente el increíble lujo que allí había: las camas con sus colchones de plumas, los espejos, el
sofá de pelo de crin, la alfombra de Bruselas, la litografía de la Reina Victoria que estaba
colgada encima del hogar de la sala. Estaban bajando la escalera cuando se dieron cuenta de que
faltaba Mollie. Al volver sobre sus pasos descubrieron que la yegua se había quedado en el
mejor dormitorio. Había tomado un trozo de cinta azul de la mesa de tocador de la señora Jones
y, apoyándola sobre el hombro, se estaba admirando en el espejo como una tonta. Los otros se lo
reprocharon ásperamente y salieron. Sacaron unos jamones que estaban colgados en la cocina y
les dieron sepultura; el barril de cerveza fue destrozado mediante una coz de Boxer, y no se tocó
nada más de la casa. Allí mismo se resolvió por unanimidad que la vivienda sería conservada
como museo. Estaban todos de acuerdo en que jamás debería vivir allí animal alguno.
Los animales tomaron el desayuno, y luego Snowball y Napoleón los reunieron a todos
otra vez.
—Camaradas —dijo Snowball—, son las seis y media y tenemos un largo día ante
nosotros. Hoy debemos comenzar la cosecha del heno. Pero hay otro asunto que debemos
resolver primero. Los cerdos revelaron entonces que, durante los últimos tres meses, habían
aprendido a leer y escribir mediante un libro elemental que había sido de los chicos del señor
Jones y que, después, fue tirado a la basura. Napoleón mandó traer unos botes de pintura blanca