y negra y los llevó hasta el portón que daba al camino principal. Luego Snowball (que era el que
mejor escribía) tomó un pincel entre los dos nudillos de su pata delantera, tachó «Granja
Manor» de la traviesa superior del portón y en su lugar pintó «Granja Animal». Ése iba a ser, de
ahora en adelante, el nombre de la granja. Después volvieron a los edificios, donde Snowball y
Napoleón mandaron traer una escalera que hicieron colocar contra la pared trasera del granero
principal. Entonces explicaron que, mediante sus estudios de los últimos tres meses, habían
logrado reducir los principios del Animalismo a siete Mandamientos.
Esos siete Mandamientos serían inscritos en la pared; formarían una ley inalterable por la
cual deberían regirse en adelante, todos los animales de la «Granja Animal». Con cierta
dificultad (porque no es fácil para un cerdo mantener el equilibrio sobre una escalera), Snowball
trepó y puso manos a la obra con la ayuda de Squealer que, unos peldaños más abajo, le sostenía
el bote de pintura. Los Mandamientos fueron escritos sobre la pared alquitranada con letras
blancas, y tan grandes, que podían leerse a treinta yardas de distancia. La inscripción decía así:
LOS SIETE MANDAMIENTOS
1. Todo lo que camina sobre dos pies es un enemigo.
2. Todo lo que camina sobre cuatro patas, o tenga alas, es un amigo.
3. Ningún animal usará ropa.
4. Ningún animal dormirá en una cama.
5. Ningún animal beberá alcohol.
6. Ningún animal matará a otro animal.
7. Todos los animales son iguales.
Estaba escrito muy claramente y exceptuando que donde debía decir «amigo», se leía
«imago» y que una de las «S» estaba al revés, la redacción era correcta. Snowball lo leyó en voz
alta para los demás. Todos los animales asintieron con una inclinación de cabeza demostrando su
total conformidad y los más inteligentes empezaron enseguida a aprenderse de memoria los
Mandamientos.
—Ahora, camaradas —gritó Snowball tirando el pincel—, ¡al henar! Impongámonos el
compromiso de honor de terminar la cosecha en menos tiempo del que tardaban Jones y sus
hombres.
En aquel momento, las tres vacas, que desde un rato antes parecían estar intranquilas,
empezaron a mugir muy fuertemente. Hacía veinticuatro horas que no habían sido ordeñadas y
sus ubres estaban a punto de reventar. Después de pensarlo un momento, los cerdos mandaron
traer unos cubos y ordeñaron a las vacas con regular éxito pues sus patas se adaptaban bastante
bien a esa tarea. Rápidamente hubo cinco cubos de leche cremosa y espumosa, que muchos de
los animales miraban con gran interés.
—¿Qué se hará con toda esa leche? —preguntó alguien.
—Jones a veces empleaba una parte mezclándola en nuestra comida —dijo una de las
gallinas.
—¡No os preocupéis por la leche, camaradas! —expuso Napoleón situándose delante de
los cubos—. Eso ya se arreglará. La cosecha es más importante. El camarada Snowball os
guiará. Yo os seguiré dentro de unos minutos. ¡Adelante, camaradas! El heno os espera.
Los animales se fueron en tropel hacia el campo de heno para empezar la cosecha y,
cuando volvieron, al anochecer, notaron que la leche había desaparecido.